Un cuento de Luis Alberto Acuña✒️

Es bien digna de ser atendida: presenta su cuerpo lleno de heridas de balas y lleno, además, de cicatrices de azotes recibidos de los españoles. No se la debe dejar pedir limosna […] Después de haber dicho esto, creo que no habrá necesidad de más documentos.
Discurso del General Juan José Viamonte en la Cámara de Representantes el 18 de julio de 1828.

El viento frio azotaba la plaza y una ligera llovizna comenzaba a caer esa mañana de 1827 sobre la plaza de la Victoria. En ella dos mujeres y un hombre pedían limosna mientras intentaban vender las escasas tortillas que una de las mujeres había cocinado esa mañana. Al hombre le faltaba una pierna y daba saltos mientras pedía unas monedas a los transeúntes.
De las dos mujeres, la mayor tenía la tez oscura y la nariz característica de los tantos descendientes afroamericanos que vivían en los caseríos a las afueras de Buenos Aires o se amontonaban en los conventillos de San Telmo. Llevaba un vestido gastado de un color que había sido azul, pero por el uso había derivado a un tono lavanda.
Hacía varios años que Remedios pedía limosna en la Plaza de la Victoria. Por allí pasaban continuamente las damas de la alta sociedad luciendo sus amplios vestidos , sus mantillas tejidas y los caballeros de levita y chistera. La mayoría evitaba todo contacto visual, cual si ellos fueran perros o leprosos.
Ella al principio los miraba con atención, como buscando entre aquellos caballeros algún rostro familiar. Varias veces había creído reconocer en alguno a alguien del pasado, pero al acercarse, notaba el recelo que siempre generaba su aspecto de mendiga y sobre todo de mujer pobre y de color.
Varias veces pidió ayuda, pero siempre obtenía la misma respuesta: “si usted no tiene los documentos no podemos hacer nada”. Al salir de las oficinas sentía cómo los funcionarios se reían a sus espaldas. Por eso iba todos los días a la plaza buscando unos pesos para subsistir.
Cuando la lluvia se hizo más persistente, las dos mujeres y el hombre corrieron a refugiarse en la Iglesia de Santo Domingo.
Cuando ingresaron al gran patio circundante y pasaron junto a un trozo de mármol que se encontraba allí, en el suelo, la mayor de las mujeres se detuvo unos instantes bajo la lluvia para luego alcanzar a sus dos acompañantes que ya habían ingresado al vestíbulo de la Iglesia.
Se sentaron en uno de los bancos de piedra y el hombre lanzó una mirada inquisitiva hacia la mujer. Afuera, aguaciaba sobre el empedrado gris de la calle Defensa.
—Hoy será un día perdido—dijo el hombre
—No hay días perdidos—respondió Remedios — solo es lluvia, y el sol siempre vuelve a salir.
Su mirada seguía fija en la pequeña placa de mármol, símbolo de soledad y abandono.
—Allí descansa el General Manuel Belgrano— dijo al cabo de un largo rato como para llenar el silencio.
Y luego, agregó
—Yo estuve a sus órdenes hace muchos años …
El hombre miró a la mujer, sus manos huesudas, su pelo rizado cortado casi como un hombre. Tenía el aspecto recio de una piedra de montaña a la intemperie por más de cien años.
—Yo perdí la pierna mucho antes —dijo el hombre— cuando los ingleses vinieron.
— ¿La primera o la segunda vez? —preguntó Remedios
—La segunda — contestó el hombre— Nos habíamos preparado para detenerlos, pero una bala me partió la pierna a la mitad. Fue terrible como se combatió en las calles ese día.
—Lo sé, yo también estuve ahí —respondió la mujer—nos tocó enterrar a unos cuantos en esta misma iglesia.
El hombre abrió los ojos primero y luego viendo que la mujer lo miraba seriamente y sin titubear, bajó la cabeza.
—Fuimos muchos los que estuvimos allí, aunque ya nadie lo recuerde—dijo al fin.
—Nosotros somos nadie— respondió la mujer— Si dejaron solo y abandonado a un hombre como ese, imagínese lo que nos espera a nosotros — dijo esto y señaló con un ademán el patio de piedra y la losa de mármol.
—Cuéntanos algo de aquellos años— pidió la otra mujer.
—Prefiero no hablar de lo que pasó—respondió Remedios— solo hay dolor y muerte.
—Pero usted estuvo en Salta y Tucumán—insistió ella.
—Sí.
—Ahí fueron triunfos patriotas, hasta aquí en la ciudad se festejó.
—La gente no conoce lo que es la guerra—dijo como dando por terminada la conversación.
Entonces el hombre, como pidiendo un favor, preguntó:
— Cuéntenos. Se lo pido como alguien que también luchó por la patria.
La mirada de Remedios parecía alejarse más allá de la pesada verja de hierro. Al final, contestó:
—Les voy a contar solo un poco—dijo—hasta que amaine el temporal, y solo con la condición de que no vayan luego por allí diciendo que Remedios es una loca. Como lo vienen diciendo esos traidores todos estos años.
Los dos asintieron mientras compartían un trozo de pan que sacaron de unas sucias alforjas.
—Bien— pero hay cosas que se van perdiendo con los años y otras que es mejor olvidarlas. En el año 1810 mi esposo y mis dos hijos se sumaron al regimiento de artillería y yo los seguí. No iba a dejar que se fueran solos. Estábamos contagiados con la idea de la libertad y éramos los que mejor sabíamos que si no peleábamos todo volvería a ser como era antes. Nos dieron la libertad con la condición de que fuéramos a luchar. Fue muy duro llegar hasta las provincias del Norte. Caminábamos durante el día, y por las noches dormíamos a la intemperie. Las mulas llevaban la artillería y solo contaban con caballos los generales y la caballería, el resto íbamos a pie. Fueron meses de camino hasta el Perú. Atravesamos las montañas a través de quebradas donde apenas podía pasar una mula y allí, en medio de esos pedregales interminables nos esperaban los realistas. Los enfrentamos al mando del general Balcarce.
Remedios se detuvo un momento y luego añadió:
—En esa primera batalla entre las montañas, enterré a mi esposo y a mis dos hijos.
El mutismo fue absoluto, hasta que Remedios continuó:
—Entonces llegó Belgrano y comenzó a hablarnos y a decirnos que la lucha por ser libres valía cualquier sacrificio y que peleábamos por todos aquellos que vendrían después. Y la gente lo oyó y lo siguió. Lo seguimos con lo puesto, abandonando todo lo que teníamos, para no dejarles nada a los realistas…
—Hasta Tucumán — interrumpió el hombre.
—Hasta Tucumán—confirmó Remedios — Y allí, nos encomendamos a la virgen de la Merced y esperamos al enemigo. Había hombres muy valientes en nuestro ejército, como el teniente Lamadrid que quemó los pastizales para que el humo confundiera al enemigo. La virgen nos ayudó ese día y los derrotamos. Yo tenía que quedarme en la retaguardia, el general no quería que tomara las armas, a pesar de que se lo pedí. Cuando comenzaron los combates no me pude aguantar, agarré una bayoneta y me fui al frente. Nosotras las mujeres nos hicimos cargo del hospital de campaña improvisado .Por eso me dieron el grado de capitana. Enterramos a quinientos hombres ese dia y los heridos fueron centenares.
— ¿Y cuándo dejaste de ser capitana? – inquirió la otra mujer.
—Parece que cuando volvimos se olvidaron de lo que hicimos allá, las gentes de acá que ahora disfrutaban de la tranquilidad no tuvieron consideración siquiera con el General, dicen que murió por no poder pagarse un médico, que le dio su reloj que era lo último que le quedaba.
—Y es verdad que allí fue cuando Belgrano les hizo jurar la bandera? —quiso saber el hombre.
—No, eso fue después—respondió Remedios — cuando marchamos a Salta y cruzamos el rio Pasaje. Ahí Belgrano nos hizo jurar lealtad a la bandera celeste y blanca. Ese día fue uno de los únicos que recuerdo en los que los hombres estuvieron contentos y festejaron, se sentía en el aire que algo nuevo había pasado. Que íbamos a ser libres. Pero despues vino Salta…
—Y lo de Salta fue peor que Tucumán, ¿verdad? — preguntó el hombre
—Mucho peor —respondió Remedios— Ahí eran ellos los que nos estaban esperando.
Y luego de pensar un largo rato, agregó:
—No podíamos cruzar por ninguno de los caminos, ya que Pio Tristán el general realista, tenía todo bien controlado, pero un baqueano de los nuestros conocía los caminos. Nos llevó por la cima de uno de los cerros, en la noche, en la lluvia. Y no nos vieron. Cuando amaneció, estábamos al otro lado de la ciudad y los agarramos de sorpresa. Pero aun así la batalla fue terrible. Volvimos a tener muchos muertos, pero ellos muchos más. El general ordenó que hicieran un gran pozo ya ahí los enterramos a todos juntos, patriotas y realistas.
— ¿Esa fue la última batalla? .
— ¡¿La última?! — Remedios hizo un gesto como desaprobando el comentario— Ese fue solo el comienzo….
Había terminado de llover y las dos mujeres y el hombre se levantaron y comenzaron a juntar las pocas cosas que llevaban consigo. Mientras caminaban de regreso hacia la plaza, deteniéndose cada tanto para dar un descanso al hombre de una sola pierna, pasó junto a ellos un carruaje con varias personas dentro. Tuvieron que apretarse a la pared en la angosta calle para dejarlo pasar.
Llegaron a la plaza cuando los caballeros se estaban apeando del coche. Al pasar junto a ellos el hombre que la acompañaba soltó el reproche que se venía guardando desde hacía más de una cuadra.
—Usted debería fijarse en no pisar a los que tenemos la suerte de andar a pie.
El caballero que bajó del coche miró al grupo de mendigos que así se quejaba, y estaba a punto de replicar algo en respuesta cuando vio que la mujer que parecía ser la mayor tomaba del brazo al hombre intentando alejarlo.
—No es nada Eustaquio—le dijo Remedios a su compañero —¿no sabes quién es? Es el General Viamonte.
Viamonte, se sorprendió al oír su nombre y miró fijamente a la mujer que ya se alejaba
—¿Cómo sabe usted mi nombre? — le exigió saber, intentando ver el rostro de la mujer
Remedios se detuvo y sin darse vuelta, mientras juntaba sus tortillas, respondió:
—Usted fue uno de los comandantes en la batalla donde perdí a mi esposo y mis hijos.
La respuesta sorprendió a Viamonte y se acercó a la mujer para mirarla con atención. Bajo el aspecto ruinoso de aquella mujer. creyó ver crecer el polvo y las montañas. Recordó de golpe el estrecho desfiladero de Hualqui, la desesperación de Moldes luego de la derrota acusándolo de haber entregado la batalla. Fue entonces cuando vino a su mente nuevamente, detrás de años de olvido, el rostro de aquella mujer.
— ¡Usted es la capitana! La que nos acompañó al Alto Perú ¡Usted es una heroína! — exclamó al fin.
Remedios se detuvo en medio de la Plaza. En una de sus manos llevaba aun las tortillas que no había logrado vender. Al sentirse reconocida, los ojos se le llenaron de lágrimas. Hacía años que todos pasaban de largo y se reían de ella cuando intentaba explicar quién era, cuando rogaba que la ayudaran. Que había servido a la patria como tantos otros y que se había quedado sin nadie que la amparase. Que había curado heridos, enterrado esposo e hijos, cientos de soldados. Que había sido apresada por los realistas luego de la derrota de Vilcapugio y Ayohuma. Que la habían azotado por nueve días y aun llevaba las cicatrices en su espalda. Que la habían herido de bala seis veces. Todo eso les había dicho. Pero todos reían.
—En Ayohuma solo hubo tres niñas —decían—no sabemos nada de ninguna capitana.
Y entonces Remedios se quitaba el vestido y les enseñaba las cicatrices. Y volvían a burlarse de ella.
—A usted la nombraron Madre de la Patria—dijo Viamonte—¿Cómo es que terminó así, pidiendo limosna?
—Varias veces golpeé la puerta de su casa —se lamentó Remedios— pero sus sirvientes siempre me echaron.
Remedios miró unos instantes al ahora general, que la observaba visiblemente incómodo.
—Para nosotros, los que no morimos en esa guerra, solo hay olvido. Quizá usted no lo entienda, quizá para usted haya sido distinto.
Un rayo de vergüenza sintió en su cara el General Viamonte y , consternado, intentó disculparse, mas la mujer ya se alejaba, caminando lentamente junto a sus acompañantes.
Pocas semanas despues el General Juan José de Viamonte presentó un escrito al gobierno de Buenos Aires solicitando se rehabilitará en su rango y salarios correspondientes, a Doña María Remedios del Valle, capitana de los ejércitos del Norte.

Fin.

El autor:

Luis Alberto Acuña es un escritor nacido en la provincia de Misiones. Autor de Las aventuras de Timbó, novela juvenil ambientada en la selva misionera, transita en sus relatos las fronteras entre historia, mito y ficción, con especial interés por la memoria de Misiones, la cultura guaraní y el vínculo profundo entre el hombre y la naturaleza. En narrativa ha incursionado con cuentos de contenido histórico y fantástico. Ganó el primer premio en los juegos de otoño 2026 en narrativa organizados por Sade Tres de Febrero por su cuento » El viaje de Kuaray» . Fue jurado en el certamen de poesia organizado por Sade Tres de Febrero en 2026. Publica su poesia a traves de su blog personal https://lanavedelpoeta.wordpress.com/ y es creador y editor de la Revista Literaria Ítaca. Conduce junto a Daniel Petasne el programa de streaming El loco que lee todos los jueves a las 18:30 desde la Asociacion de Fomento de Villa Devoto. Es miembro de Sade San Martin ,Pcia. de Buenos Aires y Sade Filial Misiones.

Actualmente se encuentra trabajando en su libro » Cuentos con Historia » al que pertenece la presente publicación , inspirada en Maria Remedios del Valle, heroína olvidada durante décadas por la historia oficial.

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