
Un cuento de Sebastián Pujol✒️
Es jueves por la noche y recostado en uno de los sillones del White Bear Ron busca explicaciones en los ojos azules de su amigo Chris, que pide silencio parado sobre una mesa ratona de roble como lo hacía en la época del Club de las Crisálidas. Aquellos ojos, como tantos otros, perdieron el brillo de la juventud en algún lugar de Francia.
La guerra cambió a los integrantes del club y a su literatura, aunque Ron no puede por el momento descifrar de qué manera. Quizás, piensa, la noción de que no llegarían juntos a viejos como habían imaginado cuando eran jóvenes les modificó el cuerpo y el alma.
El Club de las Crisálidas fue en un comienzo idea de Edward. Cursaban primer año y no imaginaban que en poco tiempo Europa entraría en guerra. Sus seis integrantes se reunían a leer clásicos en voz alta y a debatir en alguna de las habitaciones los martes después de cenar. Nada que no hicieron muchos otros grupos de jóvenes estudiantes de Oxford en aquella época. El nombre fue idea de Chris. La crisálida, explicó, es en determinados insectos un estado previo a la madurez. Crean una cápsula donde se refugian para desarrollarse. El club, dijo, sería un espacio donde cobijarse y aprender a crear. Ninguno de los integrantes pudo negar que sonaba bien.
Un martes Will llevó su máquina portátil y el grupo sufrió su primera mutación. Comenzaron a juntarse a escribir. Sin consignas, ni obligaciones de compartir su trabajo. Las reuniones eran en el comedor de la pequeña residencia que los padres de Emily tenían en New Headington. Escribían lo que les daba la gana. Juntos, pero con autonomía. Sin consignas ni reglas, mientras comían y bebían cerveza o brandy. Algunas veces se leían entre sí en voz baja y se aconsejaban o se criticaban. La intención era mitigar la soledad de su oficio.
En una oportunidad, Chris llegó y dijo que había pasado varias noches sin dormir escribiendo en la biblioteca de la universidad y ahora tenía una hipótesis. No era algo inusual. Salía llegar al club con ideas a las que les daba carácter de hipótesis. Esta vez había descubierto que podía cambiar el mundo con sus historias, modificar la realidad aunque sea en el papel. Por supuesto que no pasaba siempre, aclaró. Tampoco era cuestión de escribir cualquier texto y pretender que eso ejerciera un cambio sobre la realidad. Debía ser una historia realmente intensa, poderosa. Se burlaron un buen rato y él mismo, como solía hacer, no se tomó demasiado en serio.
Luego de algún tiempo, comenzaron a reunirse también los jueves en el White Bear, el día en el que concurrían los estudiantes con alguna inclinación literaria. Una noche John pidió silencio y comenzó a leer un texto suyo en voz alta. Fue el siguiente paso en la evolución de las crisálidas. La lectura en el pub pasó a formar parte de las actividades del club.
Este jueves, poco más de un año después de la guerra y en el que las reuniones del Club de las Crisálidas ya son un recuerdo lejano, Chris da dos taconazos a la mesa ratona sobre la que se había parado y acalla las últimas risas y murmullos. Ninguno de los tres integrantes del club que sobrevivieron a la guerra, ni los tres que no volvieron, lograron nunca un silencio tan hondo y estático como solía conseguirlo Chris. Solo el crepitar del fuego llena el espacio entre las palabras.
Emily se aferra al brazo de Clive como una niña chiquita lo haría del brazo de su mamá en un cine cuando está por empezar su película favorita. Nunca perteneció al club. Se sentaba junto a ellos esperando las noches en que le tocara leer a Chris.
Todos observan al muchacho que acapara las miradas. Habla fuerte y claro, aun con el cigarro en la boca. No lleva consigo las hojas arrugadas de las cuales solía leer sus historias.
Cuando el silencio es el adecuado, bebe media pinta de cerveza, vuelve a colocar el cigarro en la comisura de sus labios gruesos y comienza a narrar la historia de un muchacho que corría por lo que alguna vez fuera una pradera del norte de Francia.
—Ya no quedaba nada del pasto, ni de las pequeñas flores que alguna vez crecieran allí. Acompañado por la desesperación -dice Chris- corría por el barro. De sus recuerdos habían desaparecido ya los cielos diáfanos y los campos verdes y lozanos de su patria. Quizás por eso no se le ocurrió pensar que ese podría haber sido un hermoso día de campo. Comenzaba a atardecer, aunque no lo supiera. Marchaba junto a muchos otros que como él habían abandonado las trincheras y solo tenían en mente seguir con vida. Esa ilusión los movía. El muchacho era un poeta capaz de escribir versos insospechados. Nunca había pensado en matar o sobrevivir. Alguna vez, años antes, estuvo sentado en este salón.
Las ruedas del camión en que se trasladaba junto con un reducido grupo de soldados quedó varado en una huella empantanada del camino. Llovía desde la mañana. No les quedó otra que bajar del camión y empujar sin éxito. En el caso de que lograran sacar el camión del charco, sería solo para llevarlo a otro de los cientos de pozos más grandes que cubrían el camino. Faltaban pocos kilómetros para llegar a la ciudad que debían reforzar frente a un posible nuevo ataque.
En el pesado bolso del joven soldado debía haber algunos libros, porque no olvidemos que es un soldado poeta. Quizás alguna idea se le cruzó por la mente en aquellos instantes finales. Algo lo inspiró y tuvo ganas de buscar un lugar tranquilo donde sentarse a escribir, aunque ya no había sitios así en esa parte del planeta.
En el momento en que pensó que no debía faltar mucho para llegar a la ciudad y al menos librarse por un rato del peso del bolso sobre su espalda, se escuchó el zumbido de los aviones. Ya lo había escuchado antes. Intentó correr, pero sentía como si estuviera en un sueño. Las piernas no le respondían y las rodillas se le doblaban. Cayó varias veces en el barro. Sus compañeros lo levantaron y él levantó a sus compañeros en algunas ocasiones. Quizás llegó a ver la ciudad destrozada a la que debía llegar cuando una bomba tocó el suelo a su lado. No escuchó ruido alguno. Solo se sintió alzado en el aire. Se fue de este mundo media hora más tarde mirando el cielo gris en el que ya no había más aviones, en un lodazal repleto de cráteres junto a muchos otros jóvenes ingleses.
Sin embargo, esta noche no. Vamos a obviar la realidad. Ayudaremos a ese chico a esquivar su destino. La muerte no se enterará, no la dejaremos entrar al White Bear. Diremos que aquella bomba nunca detonó a pocos metros de su cuerpo. Que el muchacho cayó vencido por el cansancio luego de correr sin rumbo durante horas. Durmió un sueño intranquilo en medio de aquel infierno sin que las bombas se animen a hacerle daño. Despertó en la oscuridad de la noche. Le zumbaban los oídos y le dolía el cuerpo. Se veía algo de luz en el horizonte. Después del aturdimiento inicial y cuando sus ojos comenzaron a acostumbrarse a la oscuridad, vislumbró los cuerpos desparramados y escuchó las quejas de los que quedaban vivos.
Los pocos sobrevivientes esperaron en la ciudad destruida hasta los cimientos a que les indicaran el siguiente destino. Luego de dos semanas muy duras, con poco que comer y beber, sin nada que hacer más que esperar, un camión los recogió y los llevó a una estación de tren desde la que emprendió la vuelta a su casa.
Esperen. Porque eso no es todo. Ahora —continua Chris— acompáñenme a una antigua y pequeña ciudad belga, cercana a la frontera con Alemania y Países Bajos. En esta ocasión otro muchacho inglés, como cualquiera de nosotros, que aparentaba tener menos años de lo que en realidad tenía, quedó abandonado entre escombros de antiguas construcciones. Mientras se apretaba la herida de bala en su estómago, tuvo tiempo para pensar en el patrimonio que se pierde en una guerra tan larga y absurda.
Hacía un mes que aguardaban en las trincheras. Por las noches se escuchaban detonaciones, aunque la batalla largamente anunciada se demoraba en llegar. Las trincheras, como todos sabemos, eran un horrendo lodazal. Muchos murieron sin llegar a combatir. Por las noches, cuando el miedo se apersonaba y no lo dejaba moverse, intentaba sin éxito recordar su pueblo natal. Pero una noche la batalla llegó. La orden era cruzar el rio y atacar por la retaguardia a un grupo enemigo que se suponía intentaría cruzar el puente por la noche.
Entraron en combate mucho antes de llegar al rio. Los sorprendieron mientras cruzaban una esquina. Una de las primeras balas que se dispararon lo alcanzó en el estómago. La batalla siguió desarrollándose a su alrededor y él se abandonó a la muerte. La herida dolió hasta el último segundo. Muchos como él cayeron en ambos bandos. Sus parientes, en Inglaterra, en Francia o en Alemania lloraron sus ausencias.
Sin embargo, nos obstinaremos en decir que no. Anunciaremos que aquel joven, que alguna vez también pidió silencio para leer sus historias aquí, no murió entre escombros. Contaremos una breve historia en la que el chico rubio que aparentaba ser más joven de lo que era logró mantenerse a salvo de las balas detrás de un bloque de cemento de una catedral derrumbada y allí se quedó, intentando disparar lo menos posible. Porque él nunca quiso ir a combatir en una ciudad desconocida, tan lejos de su hogar. No había tocado un arma en su vida. Ansiaba seguir respirando para escribir la mayor cantidad de cuentos posibles, pequeños y bellos relatos sobre su pintoresco pueblo natal en el sudoeste del país escritos en su máquina de escribir portátil cuyas teclas pulsaba con la delicadeza que lo caracterizaba. Con la tristeza a cuestas, después de haber visto tanto horror y esquivado tanta bomba y tanta bala, al igual que todos nosotros volvió a estudiar y a escribir, sin mayores pretensiones que dejar volar libre su imaginación.
Espero que no estén cansados, porque ahora les voy a pedir que sobrevuelen conmigo hasta una bonita ciudad francesa atravesada por un río ancho y caudaloso. A su orilla descansaba un muchacho que desde hacía una semana volaba de fiebre. De a ratos perdía el conocimiento y deliraba.
No hubo tiempo de sacarlo de la ciudad. Su compañero, un joven obrero londinense, lo ayudaba a llegar a las afueras, donde lo subirían a un camión para llevarlo lejos y, con suerte, salvar su vida. Pero él no podía más. Las piernas se le aflojaron y se apoyó en un árbol. Un buen lugar para morir. Era un enamorado de la naturaleza y todos sus matices y abundancias. Ese árbol sobreviviente le parecía el lugar ideal. Fue lo último en que pudo pensar. Después la fiebre lo envolvió. Pedía por su madre. Tenía un miedo atroz. El joven obrero londinense le pedía a Dios que se llevara a su compañero lo antes posible. Como sabemos, Dios no estaba allí. El chico tardó en irse entre espasmos y gritos de dolor.
El joven londinense no quiso dejarlo abandonado en aquel lugar. Lo cargo en sus hombros y bajó entre piedras hasta la orilla. Lo envolvió en su manta y dejó que se lo llevara la corriente. Varios kilómetros más adelante lo detuvo un tronco tumbado sobre el agua, al igual que a muchos otros cuerpos sin vida.
Nuevamente interpondremos un “sin embargo” frente al destino. Imaginemos que, a pesar del sufrimiento, lo mantuvo con vida el deseo de volver a estar sentado con sus amigos en este pub y la intención de terminar una novela que había comenzado dos años antes. Ayudado por su compañero, alcanza el camión que le salvaría la vida. Después de luchar varios meses contra la enfermedad de las trincheras, sobrevive. Alguien le alcanza lápiz y papel y vuelve a escribir sus historias llenas de aventuras y peripecias. En el hospital se enamora de una enfermera francesa con la cual vive una historia tan apasionada como la de su novela inconclusa que lo espera en un armario de su habitación. Cada verano vuelve a Inglaterra para caminar por algún bosque y ver a sus amigos.
Aunque ellos no volvieron de la guerra y esta noche en el White Bear su ausencia sea más dolorosa que nunca, tenemos la opción, al menos por un momento, de darles una segunda oportunidad, de desorientar a la muerte con ficción.
Después de un silencio que ni el fuego se anima a perturbar, van alzando la voz el resto de los asistentes al pub. De a uno, con orgullo y tristeza cuentan historias de muerte, heroísmo y final feliz. Empieza a hacerse de día cuando se apaga la última voz. Todos tenían algún muerto querido a quien hacer esquivar disparos, bombas, enfermedades, derrumbes, naufragios. Nunca, como aquella noche, hubo tanta gente en el White Bear.
En algún momento había llovido. Lo saben cuando salen en tropel por la puerta del pub. Emily y los tres integrantes del Club de la Crisálida caminan esquivando charcos por una calle angosta y adoquinada. La niebla es un fino velo entre ellos y la ciudad. Poco antes de llegar a la esquina escuchan unas voces juveniles que se amontonan y se superponen. Los tres sienten una nostalgia difícil de explicar cuando ven el grupo de chicos que camina hacia ellos, alegres y despreocupados, mientras comienza a clarear.
Ron cree reconocerse y reconocer a sus amigos. Las voces, los rasgos. Los integrantes de ambos grupos cruzan miradas, alguna sonrisa. Cada generación renueva utopías, repite tragedias y escribe sus propias historias, piensa Ron antes de perder de vista a aquellos seis muchachos que no ven guerra y muerte en el horizonte. Siguen su camino hasta esfumarse en el gris que flota a lo largo y ancho de la ciudad de Oxford.
Fin.
El autor:

Sebastian Pujol es escritor y periodista, egresado de TEA en 2010 y cursó Comunicación Social en la UBA.
Nació y vive en Martínez, provincia de Buenos Aires.
Publicó en 2016 la novela Ahora tiro yo. Escribe cuentos y relatos para revistas y medios digitales, además de haber participado en varias antologías.
Actualmente cursa estudios de Profesorado en Lengua y Literatura.
Trabajó en radio y colaboró en proyectos periodísticos y culturales.







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