Un cuento de Héctor Osvaldo Almirón✒️

A lo lejos, apenas asoma el sol, rompen el silencio de la mañana los
aullidos de los perros que estremecen las paredes de chapa y cartón
del barrio.
La campanilla del viejo reloj despertador sonó estridente. Lautaro,
con desgano, estiró su brazo bajo las sábanas; a tientas, su mano
apagó el sonido reiterado y molesto. Entreabrió los ojos
pesadamente. Lo primero que observó fueron los pequeños y
esparcidos agujeros de las viejas chapas del techo, por donde se
descolgaban inquietos rayos de sol. Es primavera; si fuera invierno,
más allá de la luz del día, entrarían como alfileres pequeños hilos de
frío hasta clavarse en la carne y llegar a los huesos.
Se sentó al borde de la cama, estiró los brazos y las piernas hasta
sentirse despierto. “Vida de mierda. Vida de pobre”, se repitió
mentalmente mientras se vestía. Sentía el cansancio de la repetición
de los días. Percibía cómo lo abandonaban sus propias fuerzas; en
realidad, sentía el abandono de las expectativas y de la esperanza
de poder tener una vida mejor.
Era el peso de la mochila donde cargaba, día a día, nuevas
desesperanzas. En definitiva, esperaba que pasara algo bueno en su
vida. De niño le contaron que vivir significaba formarse como un buen
ser humano, trabajar, formar una familia con amor, tener un techo, y
que lo demás venía solo. Salvo tener una familia e hijos hermosos,
debido a los avatares de los gobiernos, nunca logró construir el resto.
Esta situación, que en un tiempo fue el catalizador para encarar
nuevos desafíos, en este momento era un dolor enorme. El reto cada
vez era más difícil. No poder darle un mejor futuro y una vida distinta

a su familia era la causa de su dolor diario. Había perdido la dignidad
de vivir.
Tomó su rostro con ambas manos y se restregó los ojos. Miró hacia
la camita donde dormían profundamente, abrazados y hechos un
ovillo, sus pequeños hijos. Aspiró profundamente y dejó escapar un
suspiro triste; tomó impulso y se levantó.
María se movió, apenas abrió los ojos y dejó escapar una sonrisa.
Lautaro la observó detenidamente. Le encantaba ver dormir a su
esposa. “Es tan hermosa”, pensó. Le dejó un beso en la mejilla y
acarició la mano extendida de la mujer a modo de saludo.
Se calzó el viejo jean desgastado y la camisa Ombú color ocre, aún
con el membrete desteñido en el bolsillo izquierdo, recuerdo lejano
del último trabajo que tuvo en una fábrica metalúrgica.
Se calzó las zapatillas, cuyas puntas permanecían dobladas pidiendo
un descanso final; apenas pudo atar los cordones, que de tanto
estirarse ya estaban cortos. Sobre una silla de madera descansaba
la palangana plástica que su esposa había cargado con agua la
noche anterior, para que él no tuviera que salir al patio hasta la
bomba y tomar frío. Humedeció sus cabellos largos y tomó el peine
incrustado en los dos cordones que sostenían el espejo, el cual
colgaba de un clavo en un puntal de madera de la casilla. La imagen
que le devolvió el vidrio le mostró, más profundas que nunca, las
arrugas tempranas de la frente, haciéndole dar cuenta cada día del
crudo pasar de los años.
Los ojos irritados estaban sostenidos por negras ojeras. La barba
entrecana, de varios días, y los pocos dientes que le quedaban
asomaban tímidamente entre los labios, debajo del tupido y negro

bigote. Pasó los agrietados dedos por el cabello y notó que el blanco
avanzaba tempranamente sobre el gris oscuro. Luego de peinarse,
recogió el cabello en una perfecta cola de caballo atada con una
gomita y lo dejó caer sobre la nuca.
Descorrió la tranca de la puerta de madera y cartón. Lo invadieron
poco a poco los compases pesados de una cumbia trasnochada, o
tal vez amanecida, que comenzaba a hacer eco entre el caserío.
“Amanece, y no es poco”, se dijo en voz baja. La brisa fresca de la
mañana le golpeó el rostro. Batuque, el pastor alemán, le saltó con
las patas delanteras sobre las piernas. Lautaro le acarició la cabeza
al animal y, a modo de saludo, el perro terminó lamiéndole la mano.
Sumergido en el laberinto trazado del barrio colmado de casillas, se
internó por las angostas y pretendidas calles. A poco de andar se
encontró con el manco Girón, que tiraba con su único brazo el carro
cargado de cartones.
Cruzó el viejo puentecito de madera sobre el cauce de agua
estancada. La brisa refrescante de la mañana primaveral se
mezclaba con el agrio olor de las aguas servidas que desembocaban
en la zanja.
El sol comenzaba a iluminar las oxidadas paredes de las casillas.
Perdidos como ecos en el aire, se escuchaban los gritos de algunas
de las madres llamando a sus hijos: “¡Jonatán!, ¡Joel!, ¡Santi!,
¡Adriel!”. Se escuchaban los nombres con esa mezcla de modas
intrigantes de nombres extranjeros y bíblicos.
Por la cabeza de Lautaro comenzaron a pasar las preocupaciones.
Esperaba que los empleadores de María le pagaran la semana de

trabajo y que los chicos pudieran comer en su casa sin tener que ir al
comedor solidario del barrio.
Lentamente llega a la avenida que, como un muro invisible tendido
en el piso, separa a la gran ciudad del barrio de los pobres. “Aquí
tampoco la pasan bien”, reflexiona cuando observa a la gente que
camina con la mirada perdida, algunos mirando al suelo. La miseria
humana se hace realidad al ver a ancianos, chicos y mujeres
revolviendo la basura, buscando algo que sirva para engañar al
estómago; parecen animales desesperados que hurgan en los
desperdicios de los poderosos.
Definitivamente la gente camina sumisa, como si fuera un rebaño
rumbo al matadero. Esta realidad le produce impotencia, sacude la
cabeza y se repite en voz alta: “¡Vida de mierda, carajo!”.
Estaba convencido de que no conseguiría nada. Hacía tres semanas
que ni siquiera aparecía una mísera changa para colaborar en la
casa, aunque más no fuera para una sopa. “Década de los noventa,
década de mierda”, refunfuñó en voz baja.
El sol del mediodía lo aplasta contra el piso; siente que no camina,
sino que repta por las veredas gastadas arrastrando su pesada
osamenta. Caminó toda la mañana y solamente recibió a secas un
rotundo “no hay trabajo”. Antes, por lo menos, le pedían los datos,
aunque
no sirviera más que para guardar las expectativas vacías de un
posible empleo; ahora ni siquiera le ofrecían esa mísera esperanza.
Era notorio que a los empleadores les dolía encontrarse con un
desempleado que peina canas, y soltaban ese “no hay trabajo” sin
mirarlo a los ojos, para no verse en el espejo de un futuro propio.

Observa cómo lo miran y ponen distancia, como si la necesidad y la
pobreza fueran una enfermedad contagiosa; bajan la vista, no se
atreven a mirar de frente la miseria humana. Niegan la presencia de
un chico de la calle o de un anciano por la calle como zombis, aunque
pertenecen al espacio evidente. La gente los naturaliza como parte
del paisaje gris de la ciudad.
Llega cerca del puente de cemento sobre el río, que se abre como
una herida sangrante en el interior de tanta modernidad, contaminado
de un petróleo que se escurre como una serpiente con forma de lava
oscura, negra y sucia.
Descartado por la sociedad, todo por miedo al contagio, los pobres
caminan. Observó una gruesa columna de humo, densa y sombría,
que se elevaba al final del puente; el humo oscuro jugaba una ronda
macabra, agitándose y trepando al cielo.
A medida que avanza en esa dirección, el aire se inunda del áspero
olor a gomas quemadas. El retumbar de bombos y tachos
asincrónicos le golpea los oídos y la sien le palpita. De pronto, se
encuentra en medio de la multitud que marcha. La gente porta
grandes banderas con consignas que dicen: “Queremos trabajo
digno”. Siente que alguien le palmea la espalda y, en medio del
retumbar de los bombos y redoblantes, le dice a los gritos: “¡Vamos,
compañero, cante!”. Piensa: “¿Qué tan evidente es la condición de
desempleado? O tal vez la misma expresión de desesperanza los
marca de alguna manera especial; tal vez la mirada perdida, el rostro
de preocupación… Aunque quién se equivocaría, si en estos tiempos
era fácil adivinar: los desocupados eran más que los ocupados”.
En un instante se encuentra en medio de la movilización. No siente
la obligación de participar. “Tal vez ser solidario no estaría mal”,

piensa “nadie me obliga, no soy arrastrado a la fuerza; más bien es
la vida que me empuja”. Es como internarse en el mar: cuesta volver.
Aun así continúa. Observa a hombres y mujeres que le resultan
afines; gritan y descargan la bronca con sus gargantas. De vez en
cuando los ve sonreír y abrazarse. Comprende que esa situación es
tan real, y esa bronca tan justa y auténticamente humana, que
retumba en su pecho. Inmediatamente se pliega al canto de “se va a
acabar, se va a acabar” o bien “que se vayan todos”. Por primera vez
se siente parte; no está solo. No es un gran alivio, tampoco significa
que cambie su presente, pero surge como una esperanza más.
Recordó a Felipe, un antiguo compañero de la fábrica que lo había
invitado a esas marchas; nunca aceptó porque creía que lo mejor era
emplear ese tiempo en buscar empleo. Hoy es un quiebre: está
cansado y convencido de que no conseguirá trabajo. Percibe que no
vale la pena perder tiempo golpeando puertas que nunca se abrirán.
Solo espera no tener el final de Felipe bajo los golpes de los
«tortugas» impiadosos que lo dejaron inválido.
Al compás del redoblante, los bombos y los tachos, se encuentra
saltando y cantando en medio de esa masa de gente trabajadora que
injuria al gobierno exigiendo el derecho a ganarse la vida, pidiendo
que le devuelvan los derechos adquiridos de otras épocas, como el
de tener un trabajo digno. En un momento de descanso, alguien le
alcanza un mate amargo. Recuerda a María y a los chicos; espera
que hayan podido comer ese día. Se siente culpable cuando toma
un mísero mate y no tiene un mendrugo para alimentar a su familia.
La situación de estar desempleado le causa mucha angustia: gruesas
lágrimas comienzan a asomar en sus ojos.

Del otro lado del puente, como una muralla azul y gris con brillantes
escudos, armados y pertrechados como para una guerra, la policía
permanece expectante. Con sus mascarillas sobre los cascos, botas
para la ocasión y chalecos antibalas, las porras listas juegan en sus
manos inquietas y deseosas de golpes. Permanecen con la mirada
desafiante, perdida en un punto cualquiera, evitando ver a los ojos a
la muchedumbre que les grita. Esta imagen es violenta , pero no tanto
como la de un niño hambriento. Es difícil no pensar que ellos podrían
estar algún día de este lado; apenas si les alcanzaba el sueldo.
Resulta inentendible que, por el poder de portar un arma y las ganas
de comer, se transformaran en perfectas máquinas de golpear y
actuaran como robots intensos, acatando órdenes de todo tipo. “Es
un trabajo como cualquiera”, decían algunos, intentando justificar la
represión como una labor digna.
Tras la orden del jefe, se calzan las mascarillas y las primeras
explosiones de los gases lacrimógenos no se hacen esperar. La falta
de costumbre se le nota a Lautaro al respirar los gases: la garganta
se le empieza a secar y se le enrojecen los ojos. Un escalofrío le
recorre la espalda al sentir el silbido de las balas de goma que cortan
el aire y terminan en el cuerpo de algún compañero. Nunca creyó
estar en esa situación. “Siempre hay una primera vez”, se repetía
para darse valor. Una mujer le alcanzó unos limones y le enseñó a
usar el jugo para contrarrestar el gas. La circunstancia le infunde el
valor necesario para juntar fuerzas y arrojar algunas piedras. Luego
correr, correr y arrojar piedras a manera de defensa; tonta defensa
ante semejantes armaduras y maquinarias preparadas para la
represión, pero era lo único que tenía a mano más allá del coraje y la
bronca acumulada. De tanto correr perdió al grupo, que se dispersó

entre las casas del barrio, y se dejó caer en una esquina cualquiera,
desvanecido por el cansancio.
Intenta descansar. Respira profundo hasta recobrar el aliento,
sintiendo cómo le arden los pulmones por el gas. Cierra los ojos, se
restriega los limones sobre ellos y recuerda cuando de niño acudía al
llamado de su madre. El olor a café con leche humeante le inundó las
fosas nasales e imaginó el momento en que hundía el pan con manteca y
dulce en el líquido caliente, acompañado por las preguntas de su
mamá: “¿Tenés tarea?, ¿aprendiste algo nuevo?”.
Gruesas lágrimas ruedan por sus mejillas y no es producto de los
gases. Reflexiona que es demasiado por un día de furia y se levanta
para regresar con su familia. Siente una profunda impotencia. María
no llamaba a sus hijos para merendar; solo preguntaba si les habían
dado la copa de leche en el colegio. Masticó un poco de bronca. “Caridad,
nunca justicia”, se repitió en voz alta… “¡Vida de mierda!”.
Caminaba arrastrando los pies por el cansancio. Entre recuerdo y
recuerdo va y viene en el tiempo, a la época en que trabajó como
obrero textil. Tenía quince años de antigüedad cuando un día, por
obra y gracia de las medidas económicas de un gobierno —como
justificaba la patronal—, la empresa quebró, cerró sus puertas y sufrió el
consecuente despido junto a más de mil compañeros.
Siente impotencia al recordar que escuchaba en esos días a la misma
gente pobre y trabajadora decir: “Son vagos. No quieren trabajar, solo

quieren la asistencia del gobierno”. Estaba seguro de que alguno de
los que opinaba así ese día estaba en la movilización.
Todo se reduce a tener memoria. Hoy escucha esas palabras de la
misma gente que en cualquier momento puede quedar cesante.
Camina y piensa en voz alta: “Estoy convencido de que lo único que
poseo es mi fuerza de trabajo a cambio de un salario. Solo exijo
justicia, un trabajo digno, educación para mis hijos y una vivienda
digna donde no se sienta el frío, donde no falte el pan en la mesa, ni
los sueños, ni las ilusiones, ni las esperanzas, ni un mísero proyecto
de vida. Es impensable que alguien tenga que morir de hambre en
este tiempo, en esta tierra, en este país. ¿Por qué tenemos que
soportar que hermanos vestidos con armaduras nos arrojen gases y
nos apaleen con sus porras por el solo hecho de pedir justicia,
equidad de derechos y trabajo para mantener a la familia y recobrar
la dignidad de sentirnos humanos?”.
Consciente de que lo único que le queda para ofrecer a su familia es
su propia vida, está cansado de que lo acusen de sedicioso. No
entiende: ¿es sedición pedir por una vida digna?
Es entrada la tarde. El sol se pierde en el fondo del laberinto de las
casillas y la algarabía de los chicos que corretean por los senderos
de la villa es la música celestial que arrulla sus oídos. A pesar de vivir
para la mierda, son alegres. “Que los niños nunca pierdan la alegría;
si la mantienen, hay esperanzas nuevas”, se decía a sí mismo.
Vuelve de uno de los tantos piquetes en los que había participado.
No habían conseguido mucho, pero tiempo le sobraba: es un
desocupado y le gratifica el hecho de participar, de sentirse solidario
y de saber que está con el otro en su misma condición, luchando

unidos por un futuro para sus hijos. Cuando hay changas, se hacen
changas; si no, queda el cirujeo como salida.
Esas arrugas que antes le daban un aire de amargura, ahora las ve
como marcas del tiempo que embellecen su rostro. Las canas
tempranas rebosan enredándose en su cabeza y son el orgullo que
porta sonriente. Ya no se ata el cabello: lo deja suelto y libre al viento.
Sueña despierto, algo que aprendió de los compañeros de lucha.
Sueña con futuros, como en su juventud soñaba con un mundo mejor,
de trabajo digno, justo, solidario y con el compromiso de luchar para
que sus hijos y todos los hijos del país tengan un futuro.
Son sueños cargados de futuro que, como siempre, mentes
beligerantes intentan doblegar y cortar violentamente de cuajo.
Batuque le salta sobre las piernas, mueve la cola en señal de
bienvenida y le lame las manos. Sus hijos, ya más crecidos, lo
abrazan. María le sonríe y le alcanza un mate lavado. La noche está
agazapada tras el caserío y, con un silbato potente, el tren de las
siete anuncia su paso.

El autor:

Héctor Osvaldo Almirón es un escritor autodidacta argentino cuya pasión
por las letras se manifestó desde la adolescencia. Ha canalizado su mirada
del mundo a través de la narrativa breve, con temática en lo social
consolidando un estilo al margen de la formación académica tradicional.
Su producción literaria ha formado parte de múltiples antologías publicadas
por diversas editoriales, destacando su constancia en el panorama de las
letras independientes. Es el autor del cuento “Dignidad”, una obra que
refleja su sensibilidad social y su compromiso con la condición humana.
Entre sus reconocimientos más recientes destaca su participación en el
prestigioso concurso literario de relatos breves “Memorias Mayores: 50
años – 50 voces”, organizado por la Subsecretaría de Derechos Humanos
de la Provincia de Buenos Aires. En este certamen, Almirón obtuvo una
mención de honor por su cuento “El Silencio de la Noche”, consolidando
su voz como un vehículo indispensable para la memoria, la identidad y la
reflexión histórica de su comunidad.

Deja una respuesta

Bienvenido a Ítaca Revista Literaria

PROXIMO EVENTO DESTACADO:

Apoyan esta iniciativa:

Mirá el programa en https://www.youtube.com/@danieledgardopetasne5419

Te invitamos a conocer la Casa Museo Ernesto Sábato en Santos Lugares , de la mano de sus nietos.

Sábados 15 hs. Contactos : https://www.instagram.com/casadesabato/Facebook : https://www.facebook.com/Casadesabato

Talleres cuentacuentos de Daniel Edgardo Petasne. Villa Devoto

Contacto : petasne@gmail.com

https://lanavedelpoeta.wordpress.com

Las poesias del editor.

Ultimas publicaciones