
Un cuento de Maria Inés Lutz✒️
“El amor entre dos personas es un acontecimiento milagroso.
Hay quienes piensan que es demasiado tarde para volver a intentarlo”.
Rosa y Manuel se conocieron el primer día de clases en la escuela primaria, la única del pueblo. Se miraron de reojo cuando la maestra les indicó compartir el pupitre.
Ella era la hija de la maestra de “La Carolina”, una pequeña localidad de la Provincia de San Luis. Manuel el hijo menor de cuatro hermanos. Su abuelo fue uno de los primeros en trabajar en la mina de oro, principal actividad y sustento de cuarenta familias que constituían, en aquellos años, la comunidad de ese pueblo perdido entre sierras puntanas.
Para Manuel, el hecho de que Rosa fuera la hija de Julia, la maestra, le provocaba cierta incomodidad. Ella había traído su valija de cuero llena de cuadernos, libros de lectura y una cartuchera de tela con lápices negros y de colores, todos con su nombre grabado. Él, en cambio, solo tenía una bolsa de arpillera con los útiles que habían sobrevivido a la primaria de sus hermanos.
Venían de familias muy distintas. En la casa de Manuel abundaban las herramientas, los mamelucos que usaron en otros tiempos los varones de su familia para trabajar en la mina. Tras el descubrimiento del metal precioso, el Virrey Sobremonte libró un edicto en 1792, fundando la mina enclavada al pie del cerro Tomolasta . En ella trabajaron más de tres mil obreros.
Con el trascurrir de las décadas, al agotarse las vetas, el pueblo perdió no solo protagonismo sino gran parte de la población, aunque quedaron túneles, bocaminas y relatos que susurra perennemente el viento serrano.
Ahora los mamelucos en casa de Manuel, se utilizan para realizar las excusiones turísticas, en este sagrado sepulcro de cuevas y oscuros pasadizos con historias de jornadas de trabajo extenuantes. Y tuvieron suerte, porque, poco a poco, La Carolina se convirtió en una joya histórica, cultural rodeada de sierras, arroyos y aire puro.
En cambio, para Julia la docencia era una vocación innegociable y el padre de Rosa tentó suerte como comerciante,
Ambas familias apostaron a quedarse.
En casa de Rosa, la biblioteca ocupaba la principal pared del comedor, permitiéndole a ella y sus hermanos, zambullirse en el maravilloso mundo de la lectura. Todas las noches, luego de la cena, Julia, leía algún capítulo de los libros de Julio Verne, acaparando la atención de todos.
Manuel y Rosa comenzaron a tomar juntos la merienda mientras hacían la tarea escolar y allí, él se sorprendió de la cantidad de libros que ostentaba la pequeña vivienda de su compañera, Casi jugando, empezaron a leer juntos todo lo que les despertara curiosidad, sentados en uno de los bancos de madera frente al arroyo del pueblo.
Al finalizar la escuela primaria ambos se fueron a vivir a casa de familiares en la Capital de la provincia, ya que el pueblo no contaba con escuela secundaria. Se vieron ocasionalmente durante el período escolar ya que ella asistía a una escuela de mujeres y él al liceo de varones; pero en los veranos se volvían a reunir junto al arroyo para continuar con aquello que amaban: la lectura.
Los habitantes de La Carolina habían sido testigos del amor que había nacido entre Rosa y Manuel mucho antes de que ellos mismos se dieran cuenta. Por eso, no se asombraron, cuando se casaron apenas terminaron los estudios. Fue uno de los acontecimientos más esperados en el pueblo. Hasta vinieron los parientes de La Capital. Nadie quiso perderse la boda.
Rosa y Manuel, habían tomado la decisión de esperar para tener intimidad hasta ese día, querían que la primera noche juntos fuera mágica, llena de sorpresas. Con cierto pudor, atravesaron el hall del mejor hotel del centro de la capital puntana. Rosa tenía las mejillas encendidas y a Manuel le temblaban las manos. El conserje, no pudo evitar que se dibujara en su rostro una sonrisa cómplice.
Apenas se cerró la puerta del cuarto, se besaron con ardor, poco a poco se fueron quitando la ropa el uno al otro hasta quedar desnudos, las prendas tiradas por el piso marcaban el camino hacia la gran cama blanca donde consumaron entre caricias y suspiros su amor. La calidez de sus cuerpos los envolvió y supieron que ya no podrían vivir sin beber del cuerpo del otro.
Desde ese momento no hubo noche en que no durmieran abrazados, sintiendo que la respiración del otro era el mejor regalo, una música que juntos creaban.
Manuel y Rosa tuvieron dos hijos varones, Rafael y Juan.
Rosa se convirtió en la maestra del pueblo cuando su madre se jubiló y Manuel en la mano derecha de su suegro en el negocio de ramos generales.
Continuaron con su ritual de lectura junto al río y durante mucho tiempo llevaron a sus pequeños. Las historias de corsarios, de dinosaurios y de perros y gatos, se agitaban en el agua.
Cuando sus hijos debieron continuar los estudios se trasladaron a la capital. Visitaban a sus padres en toda ocasión que les era posible. Así transcurrieron los años.
Rosa, que debía su nombre a que su madre amaba toda variedad de rosales, le propuso a Manuel plantar un rosal al costado del banco donde pasaban sus ratos de lectura. Ella la cuidaba, la podaba cuando era la época y su tierra siempre estaba húmeda.
Ahora el sexo era suave, amoroso. Cada uno conocía palmo a palmo el cuerpo del otro, sabiendo cómo despertar el deseo que les hacía experimentar una sensualidad que no se dejaba doblegar por el paso del tiempo. Envejecer juntos era un regalo de la vida
Poco a poco se fue deteriorando la salud de Rosa. Manuel iba detrás de ella cerrando las perillas de gas de la cocina, o la puerta de entrada de la casa que Rosa dejaba abierta por las noches.
Pero una tarde Rosa, no regresó de su caminata diaria. Manuel salió a buscarla. No la encontró y pidió ayuda a sus vecinos.
Fue al atardecer, cuando la vieron recostada en un tronco en el bosque, llorando porque no sabía cómo regresar. Después que el médico se retiró, Manuel no pudo dormir.
—Papá, tenemos que tomar una decisión. Vos no estas en condiciones de cuidarla —reflexionó su hijo Rafael
—Estuvimos averiguando de una residencia para mayores especializada en personas con la condición de mamá—agregó Juan.
—No puedo, no quiero separarme de Rosa, juramos compartir nuestras vidas hasta el final—les respondió con tristeza Manuel.
Rosa ingresó a la residencia una tarde de agosto en que el sol apenas entibiaba las almas. La mirada del adiós, hizo que Manuel rompiera en un llanto ahogado.
Rosa permaneció esas primeras semanas sin hablar, apenas comía, a pesar de las frecuentes visitas de sus hijos.
El día que Manuel pudo ir a visitarla, todos fueron testigos de cómo su rostro se iluminó. Diego, el psicólogo, testigo del encuentro, se sorprendió ante las palabras que Rosa pronunció:
—Doctor, ¡yo estoy enamorada de este hombre! ¡No puedo vivir sin el calor de su cuerpo! Nosotros juramos nunca separamos— dijo ella, con una lucidez que hacía tiempo no tenía,
Desde ese día y hasta el final, Manuel pudo quedarse y compartir junto a Rosa los hermosos días y noches que el tiempo les regaló. Le leía los libros que habían compartido durante toda su vida.
En el pueblo supieron el día que Rosa partió. El rosal que ellos habían plantado junto al banco de madera, se había llenado de flores, aunque era una fría mañana de julio.
Fin.
Del libro» La vida presta historias» Ediciones El Alfiler – 2026

La autora:

María Ines Lutz nació en Buenos Aires. De profesión médica pediatra, lectora curiosa de autores contemporáneos, en especial hispanoparlantes, así como autores clásicos y de investigación histórica. Publicó recientemenete su primer libro de cuentos La vida Presta Historias.
@marineslutzescritora







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