Un cuento de Alejandro Marcos ✒️

**Seis Quincenas nació de la observación de la vida en los yerbales, del contraste entre el esfuerzo desmedido y las pequeñas alegrías cotidianas…**

Seis quincenas .

Evaristo llegó a la esquina y frenó bruscamente, levantando una nube espesa de tierra colorada que se metía en la nariz y raspaba la garganta. Los pasajeros, ya acostumbrados a las maniobras bruscas del chofer, se agarraron fuerte de la caja del camión para no caerse. Fer —despidiéndose de sus compañeros con un seco «hasta el lunes»— se apuró a bajar antes de que el chofer acelerara y lo envolviera en la nube negra que soltaba el viejo Ford 700, resoplando como un buey cansado.
Fer era bajo, de cuerpo pesado y panza abultada como si cargara un fardo invisible. Siempre con la boina calada hasta las cejas para disimular la calvicie: apenas unos pocos pelos ralos, torcidos, esparcidos al azar sobre la cabeza ancha. La nariz achatada de boxeador, las orejas grandes como si hubieran crecido de más, los dedos cortos y gruesos, uñas curvas como lunas crecientes. La piel, alguna vez blanca, se había vuelto de un tono rojizo y áspero por los años de sol en el campo; contraste extraño con sus ojos azules, dos pozos de cielo en un rostro castigado.
Desde joven había sufrido el rechazo de las mujeres, las burlas que le caían como piedras. Las pocas que lo habían escuchado con intención de salir, huían como si hubiera picado una víbora. Solo Nelly, morena de genio agrio, tan baja y robusta como él, aceptó su compañía. Con ella tuvo hijos, rutina y quejas. Fer había aprendido a medir la vida entre las semanas en la yerba y los fines de semana en que, cansado, volvía a escuchar reclamos como quien soporta la lluvia: sin paraguas y sin refugio.
Como todo tarefero, pasaba la semana entera lejos de casa, entre yerbales que se extendían como un mar verde, cosechando a destajo con las manos endurecidas. Ahora, de vuelta, acomodó la bolsita de agua fresca que siempre llevaba debajo de la boina para engañar el calor y emprendió a pie los kilómetros que lo separaban de la ruta hasta su casa. Ya caminaba anticipando el eco conocido de las quejas que lo esperarían al llegar. Desde que tenía memoria, ningún día de su matrimonio había estado libre de reproches.
Una vez dejado el pueblo atrás, todavía le quedaba un buen tramo por aquellos caminos rojos, casi sin movimiento. Las huellas de camiones y tractores tapaban las de los autos; a los costados, chacras de maíz, mandioca, té, yerba y tabaco se mezclaban con manchones de monte y árboles altos que daban sombra irregular. El aire llevaba un olor dulce a tierra caliente y hojas verdes. El canto de los pájaros le daba el tono definitivo al encanto de la tierra misionera.
Desde lejos, la vieja casa se erguía como un esqueleto cansado. La pintura al agua se había borrado hasta quedar apenas rastros, el techo de chapas de cartón clavado con clavos reforzados con tapitas de cerveza, como si la propia precariedad fuera una invención. El corredor de madera al frente estaba rodeado por un cerco bajo, el piso levantado medio metro del suelo: guarida de los perros flacos y pulguientos, también patio de juegos improvisados para los chicos.
Las puertas y ventanas eran de madera reseca, colgando de bisagras hechas de cámaras de neumático recortadas; las cerraduras, apenas trancas de palitos girados y sujetos con un clavo. Al acercarse, Fer percibió el olor y la humedad ácida del pozo ciego en el fondo.
Aquel día, un silencio atroz dominaba la casa. Ni los perros se movieron para recibirlo. Nelly, sentada en el corredor, miró de reojo sin moverse y, en un marcado portuñol, soltó:
—Vai se bañá.
Fer la miró unos segundos, sacudió la cabeza en gesto de fastidio, y dejó caer el bolso con la ropa sucia. Se sacó la boina y la bolsita refrescante, se desabotonó la camisa azul empapada de sudor y se limpió la cara con ella, más por costumbre que por alivio. Tiró la prenda sobre el bolso, agarró un balde de agua del pozo y fue directo a la letrina. Las moscas verdes lo recibieron con su zumbido espeso, entrando y saliendo por las rendijas de las tablas, pero a Fer no le importaba: por fin estaba en casa.
Fer entró a la cocina con la costumbre de siempre, esperando encontrar el olor familiar a guiso de arroz o mandioca hervida. Pero esta vez el aire era distinto, no había absolutamente nada.
—¿No hay nada para comer? —le dijo a Nelly, con tono irritado.
—No, andá al gallinero a buscar huevo —le retrucó ella, con la frialdad de siempre.
El hombre salió mascando bronca, pero al pasar por el galpón rumbo al gallinero… ¡sorpresa!
—¡Felicidades, papá!
Todos los hijos lo rodearon de repente y lo abrazaron como nunca. Sobre un mantel limpio, aunque gastado, descansaba una torta blanca cubierta de crema y merengue. A los lados, botellas verdes de gaseosa brillaban bajo la luz que entraba en hilos por las rendijas de las tablas.
Fer se quedó tieso. El corazón le latía fuerte en el pecho, incrédulo. Jamás se habría imaginado semejante fiesta para él. Un almuerzo con asado, torta y gaseosa era un lujo impensado, casi una provocación en su vida de privaciones.
Soltó una carcajada profunda, llevándose las manos a la cabeza, y abrazó a los hijos uno por uno, sintiendo en ellos ese olor a humo de leña y tierra húmeda que tanto le recordaba la infancia. Nelly no se quedó atrás, le dio un abrazo y un beso en la frente.
Fer comió como si no hubiera mañana: carne jugosa que se deshacía en la boca, ensalada fresca que crujía entre los dientes, torta dulce que le empalagaba el paladar y gaseosa helada que le hacía cosquillas en la garganta. No recordaba la última vez que había probado algo así; tal vez nunca.
Los chicos reían a carcajadas, corriendo de un lado a otro. La casa, por primera vez en mucho tiempo, se llenaba de un ruido distinto: no el de gritos o peleas, sino el de la celebración.
Fer levantó el vaso improvisado de vidrio grueso y, con la voz entrecortada por la emoción, dijo:
—Gracias… gracias, hijos míos.
Y rió otra vez, con esa risa suya sonora, que parecía empujar las paredes cansadas de la casa para que cupiera un poco más de felicidad.
Después de aquel almuerzo impensado, fue a descansar a su sombra preferida, aunque esta vez no estaba solo: toda la familia lo rodeaba.
El domingo amaneció pesado, con un sol bravo que caía como plomo sobre las chacras. Después del mate cocido con pan casero, los hijos arrastraron a Fer hasta el arroyo cercano. El camino era de tierra roja, bordeado por tacuaras y monte bajo, y a cada paso el canto de los pájaros se mezclaba con el zumbido de las chicharras.
En el agua, los chicos jugaban como si no hubiera fin. Reían, se zambullían, se salpicaban hasta cansarse. Fer, sentado sobre una piedra grande, los observaba con una sonrisa poco frecuente. El barro se le pegaba entre los dedos de los pies, y el frescor del arroyo apagaba por instantes el cansancio de la semana.
Cuando apretó el hambre, volvieron a la orilla. Nelly había traído un plato con chipa envuelta en un repasador. El olor a aceite se mezclaba con el de la leña que alguien encendía a lo lejos. Entre mordiscos y risas, fue ahí, en medio de esa calma, que el recuerdo brotó en Fer.
Levantó un pedazo de chipa en alto, como si fuera un brindis, y dijo con voz ronca y alegre:
—Ah, eu vou comprar a bicicreta para Robe, a boneca para Rosa, el caminhão para Josué, y el zapato puntudo para Aldair…
—Papái —interrumpió Robe—, la Rosa ya no quiere boneca y Josué ya no quiere camioncito.
—¿Ah, no? Pero eso me lo pidieron ustedes —dijo Fer, confundido.
Rosa, ya con aire de señorita, respondió riendo:
—Papá, eso fue hace años. Ya no quiero muñeca… ahora quiero una guitarra.
Josué, que de chico había soñado con un camión de juguete, se adelantó:
—Yo quiero un acordeón.
Las carcajadas crecieron, resonando entre los árboles. Fer los miraba con ojos brillantes, entre divertido y perdido. No entendía que los años habían pasado, que aquellos pedidos eran ahora recuerdos.
Él, sin embargo, insistía entre risas:
—¡Ah, ya van a ver! No saben tocar.
—Ellos quieren tocar como Chitãozinho y Xororó —bromeó Aldair.
Y Fer, tentado por la fantasía, respondió:
—Qué lindo vai ser llevarlos a tocar por ahí como los conjuntos, así no tengo que trabajar tanto.
Los chicos volvieron al agua, gritando y jugando, mientras Fer los observaba, perdido en esa mezcla de ingenuidad, orgullo y torpeza que lo dominaba. Por dentro, sentía que ese fin de semana era el más feliz de su vida.
Al día siguiente volvería al trabajo. Pero esa noche, al menos, Fer durmió liviano, rodeado de risas que todavía flotaban en el aire.
El lunes, antes de que amaneciera, Fer ya estaba de pie. Se calzó las alpargatas húmedas, se acomodó la boina y, con el bolso al hombro, caminó hasta el camino de tierra donde pasaba el camión. El aire todavía estaba fresco, con olor a rocío y a pasto recién regado.
Cuando subió al acoplado, sus compañeros lo miraron de reojo. Él, a diferencia de otras veces, no rezongaba ni maldecía la vida. Ese lunes estaba distinto: sonreía, saludaba a todos y, sin que nadie preguntara, empezó a contar.
—Hicieron asado, torta… hasta gaseosa había. —Su voz retumbaba entre las tablas del acoplado—. Los chicos gritaban, me cantaron el feliz cumpleaños… ¡yo era el rey de la casa, che!
Los demás lo escuchaban en silencio, algunos con media sonrisa, otros con un gesto incrédulo. Pero Fer no paraba. Había encontrado en ese recuerdo un refugio. Durante toda la semana habló de la fiesta, trabajó con un ánimo nuevo, y hasta los capataces notaron que sus manos tenían más fuerza y menos cansancio.
Para él, esa semana fue fructífera. Llevaba el corazón inflado, como si la vida por fin le hubiera guiñado un ojo. Cada corte de yerba, cada brazada de rama, le parecía más liviano. Las risas de los chicos, la torta, las velitas torcidas, todo lo acompañaba como un canto secreto.
El sábado, con las manos ásperas y el cuerpo molido, pero con el alma todavía alegre, subió de nuevo al camión rumbo al pueblo. No veía la hora de llegar, de volver a esa casa que por un instante había sido su reino.
Cuando el camión paró en el pueblo, Fer bajó casi corriendo. Ni siquiera se puso la bolsita de agua en la cabeza. Caminó rápido, con las alpargatas tragando polvo y las manos húmedas de sudor, en dirección al almacén de Lourdes. Sonreía solo, con la frente brillando y el pecho agitado, como si todavía llevara en la boca el gusto del asado y la torta.
Empujó la puerta de chapa del negocio y entró. El lugar olía a yerba suelta, grasa rancia y humo de cigarrillo.
—Hola, doña Lurde —dijo, secándose la cara con la manga—. Voy a llevar unos dulces buenos y dos gaseosas.
Detrás del mostrador, Lourdes masticaba con un charoto apagado en la comisura de la boca. Lo miró fijo, con esa frialdad que le era natural, y soltó una bocanada antes de responder:
—Primero, señor, tiene que pagar la cuenta. Después puede llevar lo que quiera.
Fer arqueó las cejas, incrédulo. —Sí, sí, vine a pagar —dijo, sacando el dinero arrugado y húmedo del bolsillo—. Pero también quiero los dulces. Estoy contento, doña, mi familia me hizo una fiestona de cumpleaños, nunca me habían festejado.
Ella soltó una risa corta, seca, que más parecía un bufido. —Ya sé. Casi me vacían el almacén ese día.
Fer abrió grandes los ojos, sin entender. —¿En serio? —preguntó con una sonrisa ingenua—. ¡Qué lindo, che! Nunca pensé que iban a hacer eso por mí.
—Sí —replicó la mujer, arrastrando las palabras con dureza—, pero ¿con qué plata cree que compraron todo? Si en esa casa el único que trabaja es usted.
Fer parpadeó varias veces, con la mano todavía extendida y el dinero temblando entre los dedos. —No… no entiendo…
Lourdes golpeó fuerte el mostrador con la palma abierta, haciendo vibrar los frascos de caramelos. —¡Con su cuenta, burro! Carne, gaseosas, ensaladas, torta, todo fiado. Ahora me debe tres meses de trabajo. Siempre usted dijo que su familia no sirve y no crea que de repente van a ser buenos. El que es ruin es ruin. Primero pague, después venga a pedir.
La sonrisa de Fer se desmoronó en un segundo. Se llevó las dos manos a la cara, repitiendo sin parar en voz baja: —No puede ser… no puede ser…
Lourdes le arrancó el dinero, lo contó sin mirar y volvió a encender el puro. —Espero el resto en las próximas cinco quincenas —dijo, soltando otra nube de humo que lo envolvió entero.
Fer salió tambaleándose, con el cuerpo empapado de sudor. Pensó en irse de ahí, abandonar ese pueblo para siempre, pero dentro de él algo tenebroso empezó a gestar un asesino implacable, con sed de venganza.
Ya en la casa, en el patio agarró el hacha, entró y todo fue un silencio cortado. Nelly quedó inmóvil junto a la pileta; la pava en el fuego chirrió un segundo y se apagó. Los chicos dejaron de pelear por el pan. Hubo un instante en que nadie respiró.
El filo del hacha por primera vez atravesó una piel humana. Nelly cayó como caen los muebles viejos: sin ruidos, con la certeza de que ya no volvería a levantarse. El rojo, oscuro, corrió por el piso y se mezcló con el polvo, la madera lo absorbió como quien traga una confesión; el olor de la sangre se mezcló con el del jabón, el humo y la tierra pisada que predominaba en la cocina.
Los chicos fueron, en silencio, a cavar una fosa porque alguien les había dicho que obedecieran, y la obediencia se les pegaba a la piel como un mandato. Sus caritas pequeñas, quemadas de sol, se iban apagando mientras abrían pozos que iban a tragarse la ausencia.
Fer los miraba sin mover el cuerpo, con una calma terrible. El mundo le parecía ahora más limpio, más frío, más definitivo.
Parpadeó.
La palangana volvió a golpear contra el plato de lata, los chicos se empujaban en la mesa por un pedazo de pan duro, el humo de la leña seguía ardiendo en el fogón. Todo estaba intacto.
Fer salió al patio tambaleándose y miró la soga colgada en el galpón, pero se convenció de que todavía no era el momento. Agarró el veneno, lo abrió dispuesto a tragar todo ese líquido mortal. El aire caliente le raspaba los pulmones. Las palabras de Lourdes le seguían azotando la cabeza: «carne, gaseosas, ensaladas, torta… todo fiado». Miró bien la botella y decidió tirarla contra la pared del gallinero y se sentó en un tronco.
Nelly, totalmente ajena a la catástrofe que había desatado, salió a verlo y le dijo: —Bah, hombre, qué poco te duró la alegría. Si yo sabía desto no me iba esforzar pra festejar tu cumpleaños.
Fer la miró incrédulo: —¿Pero vo no piensa, mujer? ¿Cómo fuiste a fiar? ¿Cómo vamos a pagar? ¿Qué vamos a comer mientras tanto?
La deuda lo esperaba como un verdugo. Seis quincenas enteras trabajando para pagar una fiesta que no había pedido.
Aquel fin de semana que lo había hecho sentirse rey ahora se desmoronaba como un espejo roto. Y comprendió, con una claridad punzante, que la felicidad no existía. O, si existía, no era para él.

Fin.

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