Un cuento de Daniel Edgardo Petasne ✒️

MI CHEVY AZUL
Desde el día que lo vi en el playón de estacionamiento, quedé prendado. Allí estaba mi Chevrolet Impala 1976 azul, esperándome como las mañanas de ese otoño.
Siempre, cuando salgo a hacer mis compras, paso por el frente de la agencia. Desde la vereda, simulo tener una curiosidad general, nada específica y paseo mi vista por los vehículos en exposición. Pero hay uno sólo que quiero ver: mi Chevy azul. El empleado que me mira desde el mostrador, lo sabe. Él y su gerente. Ellos observan cómo mi vista se pierde en la nariz del auto, con su rejilla «caja de huevos» y los faros rectangulares, su nuevo capot y paragolpes reforzados. Saben que tarde o temprano entraré a preguntar. Tienen la paciencia de los grandes cazadores.
Hoy pasé más temprano que lo normal y creí que no había nadie. Me animé a darle vueltas como un animal en celo siguiendo con mis manos sus formas. Tan abstraído estaba que no me di cuenta que el empleado estaba a dos pasos míos. Nuestras miradas se cruzaron.
-Buenos díaaaaas, me dice muy educado, con sus manos juntas como preparándose para el embolismo.
-Uf, ¡me ha descubierto! -respondo sonriente y comprometido, dando un paso hacia atrás, separándome del objeto pecaminoso.
Quería irme, pero él sin perder la compostura agregó:
-Tengo una sorpresa para Ud. Hoy podrá ver el interior de este excelente vehículo.
Lo miré con el asombro de un niño al abrir su regalo en Navidad, mientras él, con paso de bailarín abría la puerta del conductor y con un gesto teatral me invitaba a subir a la nave espacial de mis sueños. Antes de entrar me perdí en su techo de vinilo blanco relamiéndome como si fuera una cobertura de chocolate. Sabía que si entraba ya no había regreso ¡Cómo deseaba este auto!
Eso fue hace una semana. Por las lluvias y otros problemas no pude seguir con mi rutina. Aparte, me dije, no era saludable continuar con este juego que me desvelaba y me descontrolaba la presión arterial. Tampoco era bueno tener que mentirle a M con cualquier excusa para salir en horas de la siesta a ver a mi Chevy. Nunca le he mentido y ella se da cuenta por mi cara, la deriva de mis ojos y cómo mi voz pierde la firmeza habitual. Muchos piensan que no es socialmente correcto que a mi edad desee quimeras. No es bien visto tener sueños de juventud. M me consiente y me deja salir.
Me hice un tiempo para pasar por la agencia. El sol de otoño es benigno conmigo, suave como el cuero de los asientos de mi Chevy, esa suavidad lograda después de años de uso. Al acariciarlo, el revestimiento recuerda la piel de ciertas mujeres que vienen de dos o tres administraciones previas, solícitas, mansas. Seguramente esta opinión levantará polvareda entre el género, acusándome de machirulo. Haré valer el calendario. Además, el enojo corre por su cuenta. Nunca sabrán lo que quiere y piensa un hombre de ellas.

-¿Ud. tiene auto? me pregunta el vendedor en esta oportunidad.

-Tengo – miento, ofendido falsamente, no vaya a ser que el vendedor me creyera insolvente y perdiera su interés.
Me imagino las rutas costeras en el acantilado de Positano, con M a mi lado, ella con anteojos para sol y su pañuelo estampado en la cabeza para que el peinado no se desarregle, yo con unas antiparras, como si el auto fuera un descapotable. El Golfo de Salerno es todo nuestro.

-¿Quiere manejarlo? -pregunta insidioso, y lo escucho en mi sueño, mientras sigo perdido en el rugir de ese motor V8 de 40 años de antigüedad que me lleva a lugares extraños. Él insiste trayéndome a la realidad.

-No….hoy no…quizá otro día…- respondo.
En realidad, no tengo licencia de conducir por el estrabismo que me afecta desde niño. Nunca he tenido un auto ni sé manejar.

-Mire que la Agencia se hace cargo del test drive… ¡No tiene idea, lo que es sentir su andar suave con estos amortiguadores importados!
Logré zafar de este Mefistófeles porteño antes de perder el patrimonio y llegar a mi casa.

-¡Vos estás loco! – fue lo primero que dijo M cuando me escuchó hablar del objeto que me había seducido.

-¡Solo te contaba! Traté de calmarla simulando una indiferencia mentida.

-¡Te conozco! – me señaló con su dedo acusador y unos ojos de pocos amigos. Sacó los platos de la mesa y comenzó a preparar el té.

-¿Sabés que la Caja de Previsión otorga unos préstamos interesantes? – le digo como al pasar, con esa falta de tacto que hacemos gala la gente de cierta edad.
M no contestó. M no escuchó. Es más, no me habló durante el resto de aquel día. Para congraciarme con ella, por la tarde fui hasta la panadería que queda al otro lado del barrio, a comprar unos pancitos de manteca que tanto le gustan y que a mí me desagradan. Me gusta consentirle sus caprichos. Después de tantos años de vida juntos, los pequeños gestos iluminan. Antes de entrar en el túnel, veo que dos jóvenes revuelven el container municipal buscando algo de valor para vender.
-Viejo de mierda…qué carajos hacen… caminan todo el día, de acá para allá, con los carritos de compras, con sus bolsitas. Nos roban el espacio – dice uno.
-Habría que matarlos…se enferman y encima, tenemos que mantenerlos nosotros…- opina el otro.
No presté atención a sus miradas. Tampoco advertí que me seguían hasta sumergirme en el pasadizo peatonal. El olor a orín me hizo recular y casi me hace cambiar de opinión. Pero seguí adelante. Aquella mañana, el empleado, para terminar de conquistarme, puso en contacto el auto, dándole vida, mientras pisaba el freno para iluminar las rojas luces traseras del Chevy. Luego activó los giros, derecho, izquierdo, balizas que no se apagaron en mi mente durante todo el día. Finalmente, dio marcha atrás y el foco blanco fue potente y seguro. Prendió el motor y aceleró, provocativo, como en una picada ilegal, como aquellas a las que íbamos a ver con mi primo, bajo el túnel de Libertador. El caño de escape bramaba. Luego, salió del auto y mirándome fijo, dio una fuerte palmada sobre el techo y exclamó:

-¡Este auto es una maravilla, más quisiera tenerlo yo!

-¿Y por qué no lo compra? – pregunto ingenuamente – seguro que a Ud. le dan facilidades…

-Imposible mi amigo…. Política de la empresa… Los vendedores no podemos adquirir estas maravillas. Son sólo para complacer a los conocedores.
No los vi acercarse. Uno me tomó del cuello por detrás y me arrojó al piso. El otro comenzó a patearme y meter sus manos en los bolsillos. Una adolescente me miraba desde unos metros. Tenía un gorrito de pantera rosa en la cabeza y parecía disfrutar del espectáculo.

-¡Larga la guita, viejo de mierda! – vociferó el primero

-¡No tengo! -grité sorprendido. Les ofrecí el pan y de un golpe la bolsa fue a parar al centro de la calzada.

-¡Larga la plata o te clavo viejo meón! – me gritó más violento amenazándome con una faca. Me tapé la cara con ambos brazos.

-¡No cobré la jubilación! Lloriqueé ¡Faltan 5 días! –creí morir.
Atontado como estaba, no sé si me creyeron o se cansaron, vi como salieron corriendo. Luego de varios intentos, finalmente pude ponerme de pie por mis propios medios. Me dolía todo el cuerpo. Por un momento dudé que hubiera gritado. Para qué, pensé, si por estos túneles no pasa la policía.
Los insultos todavía retumbaban en mi cabeza y me asusté por el hilo de sangre que corría por mi frente. Mi aspecto debía ser desagradable. El pelo revuelto, el pantalón manchado de orín por el susto, la cara ensangrentada. Además, cojeaba un poco y no era porque no encontrara mi zapato derecho. M se enojará conmigo. He perdido el pan.
El suanfasón de los vehículos que pasaban a toda velocidad por el túnel me aturdía como cuando el empleado puso la radio del Chevy a todo volumen para demostrarme la potencia de sonido dentro del habitáculo. Recuerdo que acaricié los paneles de las puertas y el tablero de instrumentos, mientras él jugaba con las perillas de la sintonía. El velocímetro y el control de revoluciones, la bocina y la palanca de cambios al frente, competían con los gráficos de radio y control de clima a la derecha. El empleado se sentó a mi lado y prendió el aire acondicionado y una bocanada de calor me golpeó la cara, sofocándome como ahora por el esfuerzo y el dolor.
Miro el pan aplastado en el medio de la calle. No encuentro mi zapato. Me arreglo la ropa como puedo. Pasa un runner a mi lado, el último de la pandemia, pero no se detiene. Si tuviera mi Chevy esto no hubiera sucedido, pienso mientras me acomodo los anteojos y camino cojeando.
Mañana pasaré por la agencia. Quizá pueda manejarlo. ✒

(*) cuento de Daniel Edgardo Petasne, 💥2do Premio en el CONCURSO NACIONAL LITERARIO POESÍA Y NARRATIVA DE SADE ENTRE RÍOS- 2024💥

Daniel Petasne (1956) vive en Buenos Aires y ha viajado a casi todos los países de Europa. Su poesía, relatos de viaje, cuentos y novelas reflejan su mundo interior. Es abogado, profesor de piano y estudia idiomas. Ama la historia universal y sufre por el mundo en guerra. Sus libros publicados —Anouk y otros relatos, El libro de junio, El Planeta Azul, Que nadie duerma, Anouk – El Regreso; En el Jardín; sus Cuadernos de Poesía nros. 1, 2 y 3, Antología Cuentacuentos 2025 (coordinador) y su último libro: Los que miran el cielo— nos anticipan lo que vendrá.

Coordinador de los Talleres de Lectura y Escritura Cuentacuentos, conductor del programa de streaming El loco que lee y su canal de YouTube , los lleva adelante con la convicción de que, si queremos mejores escritores, necesitamos mejores lectores.

Daniel Petasne no deja de indagar en nuevos territorios narrativos. Escribe una literatura inquietante, donde se replantea, desde la ficción, problemas actuales irresueltos, transitando desde un tono intimista y hasta lírico, no como un simple escapismo, sino como una herramienta crítica y poética para explorar el poder, el género, la sociedad y la naturaleza humana. Para él, sus mundos imaginarios son espejos de la realidad.

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