
Un cuento de Alicia Ferrari✒️
En homenaje a Ernesto Ferrari, mi abuelo,
que vive eternamente en las páginas de mi memoria.
Abrí el cofre de madera del nono cubierto de polvo y recuerdos. Estaba escondido en un rincón del desván de la casa de mis padres. Junto a mi hermana nos encontrábamos vaciando aquellos espacios que habían sido nuestro hogar de la niñez.
Sentí mucha curiosidad por conocer su contenido: fotos en sepia de mis abuelos jóvenes en Godiasco, su pueblo natal, la foto de casamiento con fecha 29 de enero de 1914, y ese mismo año, en el mes de octubre, nació Carlo, mi tío. Pero, la foto que más me impactó fue la de Ernesto con el uniforme de soldado. Había un certificado amarillento, manchado de humedad con el membrete del Distrito Militar de Pavia; resultó ser la carta de reclutamiento al ejército. Era el comienzo de la Primera Guerra Mundial en mayo de 1915. Las tres medallas conmemorativas reposaban sobre un paño de terciopelo rojo carmesí totalmente deshilachado. El tintineo de los metales al levantarlas, con mucha emoción, me evocó otras épocas de esa casa que ahora era habitada por los fantasmas del pasado.
Me llamó la atención la base del cofre que había quedado al descubierto. Mis dedos recorrieron la tela que la cubría hasta sentir un clic metálico y al liberarse el compartimiento, descubrí que algo había estado escondido allí por más de un siglo: un cuaderno de bitácora.
Era sobre las vivencias de Ernesto durante la guerra. Estaba escrito en dialecto y me costaba entender algunas palabras a pesar de haber cursado mi escuela primaria y secundaria bilingüe en italiano.
1 de diciembre de 1915
«Estamos llegando a la zona montañosa de los Alpes. Sabemos que el enemigo está cerca. Formo parte de las cuadrillas de excavadores que a puro pìco, barrenas y dinamita trabajamos por turnos para terminar las trincheras inmediatamente. Creo que el clima es más letal que el enemigo. Todos tememos al “pie de trinchera”. Luigi, mi amigo de la niñez, había sufrido la amputación de su pie derecho por congelamiento.»
Seguí hojeando el cuaderno y leyendo distintos fragmentos de esas vivencias tan feroces que jamás hubiese imaginado.
15 de diciembre de 1915
La oscuridad es total, las ventiscas parecen látigos castigándonos sin piedad. Ráfagas de artillería iluminan el horizonte y hay peligro inminente de avalancha. Estamos en las trincheras todos apiñados para combatir la hipotermia. Solo un milagro puede salvarnos…
25 de diciembre de 1915
No sabía dónde estaba. Al despertar un ángel me estaba sonriendo. Era el rostro más bello que nunca antes había visto. Sentía un dolor muy fuerte en la espalda y no me podía mover.
Ella estaba vestida de blanco. Era una enfermera voluntaria del hospital de campaña donde me habían trasladado desde el bombardeo. Tuve la suerte de quedar debajo de toda la pila humana que salvó mi vida. Recuerdo las palabras de Augusta cuando desperté: “Ernesto, has vuelto a nacer. Tienes que ponerte fuerte para recuperarte.”
2 de enero de 1916
Empecé a caminar. Tengo que hacerlo con bastón pero pronto lo voy a dejar. Hoy le escribí una carta a mi familia en Godiasco. Extraño a mi hijito Carlo que ya tiene más de un año. ¿Cómo será? ¿Se parecerá a mí o a Maria? Los siento tan lejanos.
3 de enero de 1916
Estoy acompañado por Augusta casi todo el tiempo. Ella sostiene mi mano mientras caminamos y hablamos mucho. Estamos muy solos en este lugar del mundo donde no se sabe si vamos a estar vivos mañana.
10 de enero de 1916
Todos los días llegan heridos y las bajas son numerosas. No quiero volver al frente de guerra pero imagino que en cualquier momento me darán el alta médica. Tengo pesadillas horribles que no me dejan dormir: me veo hacinado en las trincheras, rodeado de ratas y cadáveres. Siento que no puedo respirar porque me estoy ahogando en el lodo. Grito y me despierto…
11 de enero de 1916
Hoy besé a Augusta por primera vez. Creo que me estoy enamorando.
12 de enero de 1916
Amo a mi esposa y a mi hijo pero este sentimiento hacia mi adorado ángel no lo puedo detener, no para de crecer. Ella ocupa mis pensamientos noche y día. Somos almas gemelas.
13 de enero de 1916
Queremos huir hacia Suiza y comenzar una nueva vida. Eso significaría no volver a ver a mi familia nunca más y vivir escondido por el resto de mis días.
No sabía si seguir leyendo los relatos de mi abuelo, no era quién para juzgarlo. Había atravesado una historia dramática y, tal vez, el amor le había permitido seguir adelante.
—Ali, ¿seguimos mañana?—me preguntó desde la planta baja mi hermana.
—Dale, bajo—respondí guardando el antiguo cuaderno en mi mochila.
Esa misma noche, ya en la cama continué con la lectura del cuaderno.
1 de febrero de 1916
Hoy recibí carta de Maria y también una foto del pequeño Carlo. Es muy parecido a mí. Estoy roto. Ella me ama y me necesita. No le importa cuánto tiempo pase siempre me estarán esperando…
2 de febrero de 1916
Ya me notificaron que en unos días más me darán el alta para volver al frente de batalla. ¿Podré decirle adiós a Augusta?
10 de febrero de 1916
Augusta está embarazada. Quiere que huyamos a Suiza. Ella tiene contactos que nos van a ayudar. No estoy preparado para esto.
15 de febrero de 1916
Una serie de proyectiles bajaron con velocidad mortal desde el cielo impactando de lleno en el hospital. Mi ángel y nuestro bebé ya no están en este mundo. ¡Cuánto dolor, Dios!
Cerré el diario de mi abuelo y entendí sus silencios, su mirada lejana. ¿Pudo olvidar a aquel gran amor de guerra al regresar a su pueblo y a su familia?
Nunca lo sabría.
Fin.
La autora:

Alicia Ferrari nació en Buenos Aires. De profesión traductora pública y profesora de inglés. Ejerció la docencia en el nivel primario y secundario en escuelas públicas y privadas. Fue coordinadora del departamento de inglés en el colegio Fasta San Vicente de Paul. Lectora muy interesada en autores hispanos y anglosajones.
Actividad literaria de la autora:
Participa del taller de escritura CuentaCuentos coordinado por Daniel Petasne. Publicó dos cuentos en Antología CuentaCuentos 2025.


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