Un relato de Julio Manuel Benitez

Mi abuela solía decir que el primero de octubre había que levantarse temprano.
Sin explicar mucho más, ponía los porotos en remojo la noche anterior y a la mañana buscaba la olla grande de hierro que había perdido el color de tantos años sobre el fuego. Después le agregaba el maíz, la cebolla y algún pedazo de zapallo, carne, cuando había, o a veces un hueso con bastante voluntad y poca carne.
-Tiene que rendir- decía.
En aquella casa rendir significaba alcanzar.
Que alcanzara el azúcar hasta fin de mes, la yerba, el kerosén, la mandioca arrancada de la chacra, la plata que mi abuelo dejaba sobre la mesa después de cobrar algún trabajo, y sobretodo la comida.
Yo era chico y el primero de octubre esperaba al Karaí.
Me lo habían pintado como un hombre bajo y bravo que venía del monte, con sombrero de paja y un látigo. Caminaba de casa en casa mirando las ollas. No sé quién me contó que también revisaba los galpones. Durante mucho tiempo imaginé que entraba de noche, apartaba las bolsas de maíz y metía la mano entre los granos para saber cuánto quedaba.
Nunca pregunté cómo podía conocer esas cosas.
Cuando somos chicos aceptamos ciertos misterios con una naturalidad que después con el tiempo, perdemos.
Mi abuela tampoco parecía preocupada por encontrarle una explicación. Para ella había asuntos que no necesitaban ser ciertos para merecer respeto.
-Por las dudas- decía.
Y agregaba otro cucharón de porotos.
Octubre se acercaba de una manera diferente entonces.
Venía por los caminos colorados, después de los últimos fríos, cuando los lapachos ya habían encendido sus flores y la chacra empezaba a pedir nuevamente las manos. Había un tiempo entre lo que se había terminado y lo que todavía no estaba. Los antiguos conocían bien ese hueco.
El hambre también tiene estaciones. Tal vez por eso inventaron un hombre que caminaba.
Era más fácil darle sombrero, barba y látigo al miedo que nombrarlo por su verdadero nombre.
Porque Karaí Octubre no necesitaba salir del monte.
Podía estar en el fondo de una bolsa casi vacía.
En las tres mandiocas que quedaban bajo tierra.
En una madre calculando cuánto poner en cada plato.
En el silencio del hombre que volvía de la chacra sin haber cosechado lo suficiente.
Eso lo pude comprender mucho después.
Aquel primero de octubre, en cambio, yo sólo miraba la olla.
El yopará hervía despacio. Los granos de maíz se abrían entre los porotos y el caldo iba tomando ese espesor que excede cualquier receta. Mi abuela revolvía con un cucharón de madera. De vez en cuando probaba un poco en la palma de la mano.
Nunca medía ningún ingrediente.
Las mujeres de antes tenían medidas que se escapaban de los libros de cocina. Un puñado, una pizca, un poco más, hasta que esté.
Al mediodía empezaban a aparecer los platos.
Además de los nuestros, venía una vecina con una fuente, algún chico enviado por la madre, un hombre que pasaba y aceptaba sentarse un rato. Siempre había lugar para uno más, aunque la mesa dijera lo contrario.
De eso también se trataba el yopará y quizás por eso sobrevivió al paso inexorable del tiempo.
Mezcla. La palabra viene de lejos y significa “cosas distintas que terminan juntas”. Maíz con poroto. Carne con zapallo. Guaraní con castellano.
El que tiene mucho con el que ese día tiene poco.
Sin embargo, las recetas cambian. Cada casa echa a la olla lo que encuentra. Pero sobreviven, por ejemplo, el gesto.
Mi abuela llenaba un plato y lo mandaba a la casa de una vecina.
-Llevále.
Nada más.
No decía solidaridad, ni identidad o patrimonio cultural. Decía:
-Llevále antes que se enfríe.
Y yo iba. Cruzaba el patio con el plato caliente entre las manos mientras el vapor le daba en la cara. Los perros acompañaban hasta el portón. Del otro lado alguien recibía la comida y, algunas veces, devolvía el plato con otra cosa.
Así circulaba la abundancia.
Incluso cuando abundancia suponía algo que apenas alcanzara para todos.
Han pasado muchos primeros de octubre desde entonces.
Ya no está aquella cocina. Tampoco el fogón. La olla habrá terminado quién sabe dónde. Muchas de las manos que revolvieron aquellos yopará descansan bajo esta misma tierra roja que pisamos.
Pero llega octubre, porque siempre llega.
Y en alguna casa de Misiones alguien deja los porotos en agua la noche anterior, corta cebolla, busca maíz, y prende fuego.
Aunque seguramente ya dejé de creer en ese hombre pequeño que sale del monte con un sombrero de paja, la olla vuelve a hervir. Y es lo que en definitiva importa, porque nuestros mayores conocieron épocas en que guardar un puñado de maíz podía decidir los días siguientes. Sabían que la cosecha desobedecía al hambre, que el monte tenía sus tiempos y que ninguna familia estaba completamente a salvo de una mala temporada.
Aprendieron también que cuando falta, la soledad empeora el hambre.
Por eso el yopará nunca terminó de ser una comida individual. Acaso esa olla grande que pide otra silla, otro plato, para alguien que viene en camino.
Esta mañana es primero de octubre.
En algún patio debe estar ardiendo la leña.
El humo subirá entre los árboles y alguien revolverá lentamente una olla mientras el olor del maíz y los porotos pasa por encima de los cercos.
Karaí Octubre puede venir nomás si quiere.
Que mire, acercándose hasta la puerta.
Tal vez descubra que no hemos conseguido vencer todas las miserias, ya que algunas siguen entrando sin pedir permiso. Hay heladeras vacías, trabajos que no alcanzan, chacras abandonadas, viejos que cuentan monedas frente al almacén. Sería una mentira decir otra cosa.
Pero todavía queda el gesto de una mano que llena un plato y otra mano lo recibe.
Y mientras en alguna casa alguien diga simplemente «llevále un poco al vecino», el viejo Karaí tendrá que seguir andando más allá del patio, del camino colorado, buscando dónde quedarse.

El autor:

Julio Manuel Benítez vive en Jardín América Misiones Argentina. Es profesor de letras y Escritor.

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