Un cuento de Sebastian Pujol ✒️

Mateábamos en la puerta cuando llegó Ángel y nos dijo que había que esconder el busto. Desde el comedor la radio pasaba las noticias. Malas noticias, siempre. Antonia se fue para adentro a calentar más agua. Ángel se apoyó contra el naranjo. Hacía tiempo que venía con ese tema de esconder el busto, que si no se lo iban a llevar ellos. Estaba nervioso. Apretaba con una mano la boina y con la otra se acomodaba los rulos.
Le había llegado el chisme de que si no sacábamos el busto esa misma noche vendrían unos milicos a llevársela. Se lo había dicho alguien del sindicato. Dijo que pasaban a las once y se fue subiendo por la calle Formosa hacia lo de Carlitos Gorostiza. Me quedé afuera escuchando la radio hasta que volvió a salir Antonia con la pava humeante.
Ángel y Héctor pasaron por casa a las once en punto. Caminamos hasta lo de Carlitos Gorostiza primero y a lo de Oscar después. Bordeamos la iglesia. Íbamos en silencio. Era una pena, pero no podíamos dejar que esos turros se la llevaran. Pasaría la noche en casa. En el dormitorio del fondo. Después la buscarían los del sindicato. Antonia no iba a querer que se la llevaran. Cuando se conoció que estaba enferma empezó a llorar y siguió llorando muchos días después de la muerte. Incluso fue con las nenas hasta el Congreso para ver el cuerpo. Aún hoy si ve una foto de sus últimos días, flaquita y consumida por el cáncer, se larga a llorar.
Oscar también había protestado. Pensaba que teníamos que esconderla en alguna de nuestras casas. ¿Acaso somos tan cagones que no nos podemos hacer cargo?, repetía enojado.
Salimos de atrás de la iglesia y la vimos al otro lado del mástil. Nos persignamos. El busto de la señora brillaba dorado en la noche. Las luces de la plaza se reflejaban en el rodete tirante de la nuca. Caminábamos ligero. Nos pusimos de frente y sacamos martillos y cortafierros. Parecía mirarnos y sonreír mientras golpeábamos la base. La desprendimos del pilar de ladrillos y la levantamos entre los cinco. No nos cruzamos a nadie en las dos cuadras que hicimos con el busto a cuestas. A cada paso parecía pesar un poco más. La entramos por el pasillo que llevaba al patio y la dejamos sobre el piso de parquet de la habitación del fondo.
Cruzamos algunas palabras y se fueron. Las luces de las casas del barrio ya estaban apagadas. Me quedé en la vereda hasta que los perdí de vista. En la cocina, Antonia se secaba las manos. Fuimos juntos hasta la habitación. Sonreía, hermosa con el pelo tirante. Antonia me miró y se apoyó en mi hombro. No dijo nada. Tardó mucho en acostarse. Yo daba vueltas en la cama.
Al otro día en el trabajo Ángel insistía con que los compañeros del sindicato pasarían a buscarla esa misma noche con un camión de mudanza. Tendríamos listos algunos otros muebles para subir también. Carlitos Gorostiza tenía un rato después del laburo y se vino para casa. Mabel y los chicos se habían ido de la abuela.
En la habitación del fondo Antonia había encendido unas velas. Las chicas la rodeaban sentadas en el piso. Carlitos, conmovido, estrujaba la boina con ambas manos. Buscamos algunos muebles en desuso y unas mantas. Antonia quería saber a dónde se la llevaban. Todavía es nuestra, me dijo al oído, nos pertenece a nosotros. A los laburantes. Ángel llegó en el camión con los del sindicato. Subimos los muebles. Los de la municipalidad ya sabían, dijo uno, hay que sacarla.
Los muchachos del sindicato se persignaron bajo la puerta de la habitación. Antonia la tapó con una sábana blanca. Con mucho esfuerzo logramos sacarla a la calle y subirla al camión. Se sacudió por el peso. Los amortiguadores parecían a punto de quebrarse. Intentaron ponerlo en marcha, pero el motor estaba muerto. Abrieron el capot. Tocaron algunas cosas. La bajamos y arrancó. Sin apagarlo la subimos de nuevo. El caño de escape lanzó algunas bocanadas de humo negro y se detuvo. Intentaron cargarla algunas veces más sin éxito y se fueron. Ángel, desde la caja del camión, nos miraba con los ojos llenos de lágrimas.
Carlitos y yo la entramos sin dificultad. Las velas de la habitación se volvieron a encender. Mateamos hasta tarde. Dejamos la radio apagada. Las noticias son amargas desde que se fue el General. Antes de irnos a acostar salí a la vereda.
Al día siguiente, la actividad habitual de la casa se mudó a la habitación del fondo. Antonia pasaba el día tejiendo y mateando junto a ella. Las chicas volvían de la escuela y se encerraban junto a su madre a estudiar, tiradas en el suelo. Algunos días Mabel, la mujer de Carlitos Gorostiza, venía de visita y se quedaba con ellas, mientras nosotros charlábamos en el comedor. Por la noche dejaban las luces apagadas y el cuarto se iluminaba solo con las velas.
Una mañana Ángel apareció en el trabajo diciendo que teníamos que buscar alguna manera de hacerla circular. Ya sabían que estaba en una de nuestras casas. Cuando empezaron los movimientos raros en el barrio Oscar propuso salir cada noche de una casa distinta cargando un bulto. La intención sería despistar a los curiosos. Sin embargo, ella se quedaría en la habitación del fondo y sacaríamos a pasear un mueble cualquiera.
La habitación empezó a poblarse de fotos, como estampitas en un altar: la señora con el pelo suelto, en el balcón junto al General, frente a un micrófono o saludando desde un tren en movimiento. Algunas mañanas aparecían ramos de flores en la puerta.
La noche en que cayeron los milicos a lo de Carlitos Gorostiza tomamos la decisión definitiva de sacarla del barrio. Llegaron de madrugada y dieron vuelta la casa. La gente se amontó en la puerta. A Carlitos le dieron una paliza delante de su familia.
Intentaríamos sacarla del barrio la noche siguiente en el Ford de Ángel, pero cuando volví a casa del trabajo los milicos ya estaban ahí. Una pequeña multitud se había congregado en torno al naranjo de la puerta. Un camión en marcha esperaba en la calle. La habían tapado con una sábana y se la llevaban sin ningún esfuerzo. Los muchachos estaban consternados. Ángel parecía más flaco que nunca. La subieron sin ninguna dificultad. Se alejaron por la calle Formosa.
Había empezado a anochecer cuando los muchachos se fueron cada uno por su lado. En la cocina, Antonia se secaba las manos con un repasador. Terminó de barrer y acomodar algunas sillas. Tomó mis manos entre las suyas, todavía algo húmedas. Me preguntó por el trabajo y le respondí que había estado bien. Se fue rápido a la habitación. Las chicas están solas con la señora, me dijo. Se alejó por el pasillo y cuando abrió la puerta vi el resplandor de las velas encendidas. Salí a la vereda a descolgar una naranja del árbol y me tropecé con un ramo de flores amarillas apoyado contra la puerta. No llovía.
Cuando volví, Antonia había salido a sacar la pava del fuego.
—Vení con nosotros viejo, —me dijo— está más hermosa que nunca. No se quiere ir del barrio. Le gusta estar entre trabajadores. Yo te dije.

Fin

El autor:

Sebastian Pujol es escritor y periodista, egresado de TEA en 2010 y cursó Comunicación Social en la UBA.
Nació y vive en Martínez, provincia de Buenos Aires.
Publicó en 2016 la novela Ahora tiro yo. Escribe cuentos y relatos para revistas y medios digitales, además de haber participado en varias antologías.
Actualmente cursa estudios de Profesorado en Lengua y Literatura.
Trabajó en radio y colaboró en proyectos periodísticos y culturales.

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