
Un cuento de Edith Vulijscher
Volví a ese maldito lugar sin comprender el motivo de ese desatino.
Me quedé en la vereda de enfrente para no pisar la de esa casa. No podía
contener el temblor de mi cuerpo; cada recuerdo era un punzón clavándose en
mí.
Como hiedra, me adherí a la pared, rogando que me sostuviera, y sentí como un abrazo el calor que emitía, por la intensidad del sol de verano que allí es
insoportable.
¿Qué nos lleva a volver al lugar donde fuimos tan desdichados? ¿Es por
catársis? ¿O un acto masoquista? Porque el sufrimiento se actualiza y se siente tal como fue en el momento en que ocurrió. Puedo afirmar esto con seguridad porque lo viví.
Apoyada allí, todas las imágenes comenzaron a pasar por mi mente y lloré.
Lloré y volví a sentir su mano tapando mi boca para ahogar los gritos.
Pasé muchas horas esperando verlo salir, pero cuando lo hizo y lo vi tan
pequeño, apoyado en su bastón blanco, tanteando la cerradura para introducir
la llave, todo el odio que había sentido durante tantos años se desvaneció y
pensé: “Vaya, la vida ya le ha cobrado la deuda”.
La autora:

Edith Vulijscher, psicóloga, moderadora del taller de minicuentos de
CiudadSeva. Finalista en concursos y obtención de menciones en otros. Ha
publicado cuentos en diversos medios y revistas. Realiza trabajos de
corrección y edición. Integrante de la Comisión directiva de SADE San
Martín.







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