
LA ÚLTIMA GUARDIA
Habían salido en bote la noche anterior. El Iguazú corría oscuro y espeso bajo la luna. La lancha avanzaba en silencio, el motor apagado por tramos.
Bernabé Méndez iba adelante, uniforme verde oliva, borceguíes negros marcados de barro rojo seco. El cinturón ancho de cuero sostenía la funda pesada de la Colt 45. Al hombro, el Máuser descansaba en la parte de atrás de la canoa, madera oscura y metal frío.
—Solo por si hace falta —había dicho Agustín cuando lo vio venir con la inusual arma colgada al hombro.
Se había despedido de su esposa y de sus hijas el día anterior, y todavía sentía el tirón en los pantalones de Margarita, que no quería dejarlo ir.
Había ingresado como guardaparques hacía casi dos años, cansado de tomar frío en el sur entre las piedras. Definitivamente, la montaña no era para él. Extrañaba el monte, el río y esa amabilidad del misionero de a pie. Las órdenes lo habían vuelto un poco hosco y reacio a la conversación, pero con sus 32 años todavía quedaba tiempo para recuperar lo perdido, se decía cada mañana al hacer el relevo.
Iba al frente del bote, midiendo con la vara la profundidad del cauce. Tenían pensado bajar por el río hasta la maderera y de allí a pie por el monte hasta la desembocadura del arroyo Santo Domingo. Había rumores de que unos furtivos, seguramente brasileños, andaban por la zona cazando como lo habían hecho siempre. No parecían haberse enterado de que ahora era área protegida y había que darles un aviso.
—Solo una advertencia —había dicho el jefe—, y tengan cuidado, que esos tipos andan armados con escopetas del 12.
Ellos llevaban el Máuser, que, a pesar de ser una reliquia, aún era un arma de temer.
Amanecía.
Era domingo de Pascuas, recordó Bernabé. Debería estar en casa. Como decía su madre, no hay que andar por el monte en días Santos. Pero qué iba él a reparar en consejos; había que cumplir con la tarea y a otra cosa. Además, le gustaba bastante esto de patrullar la selva. Se sentía por fin útil y estaba allí, donde nació.
Sintió que el olor a selva le ingresaba a los pulmones mezclado con el olor a madera mojada. Ese olor a madera no lo había olvidado nunca.
Detrás, Agustín Sosa y Poilo Miranda remaban con movimientos medidos. La radio portátil, grande, envuelta en lona, descansaba entre sus pies. La antena plegada parecía una varilla inútil contra la selva cerrada.
Del otro lado del río, todavía en penumbra, los cazadores también empujaban su canoa al agua.
—Vamos ligeiro, antes que clareie —murmuró uno entre dientes.
Habían salido temprano, querían revisar el saladero antes de que el calor se hiciera insoportable.
No hablaban mucho. Uno llevaba la escopeta calibre 16 apoyada contra el hombro; el otro remaba. Las alpargatas sucias y los pantalones arremangados dejaban ver las piernas que eran atacadas permanentemente por los barigüís.
—É só pegar o que é nosso e ir embora, rápido —dijo el otro, que fumaba un liado de tabaco recién armado.
La barba de varios días y la camisa desabrochada denotaban una complexión robusta. Mientras remaba, las venas de sus brazos se agigantaban como cuerdas.
Se arrimaron lentamente a un claro, junto a un gran tronco de loro negro, y desembarcaron.
Los guardaparques pasaron frente a la maderera. Los galpones estaban aún en silencio. A esa hora, Bernabé se preguntó quién carajos les habría dado el permiso para instalarse allí. Cosas de la política, se dijo para sus adentros.
Solo un perro ladró cuando descendieron en la desembocadura del arroyo Santiago.
—¿Qué andará haciendo don Lucio? —comentó Agustín, como al pasar—. No le gustan los brasileros. Fue él quien dio aviso ayer del saladero —agregó.
Ninguno de sus dos compañeros de patrulla pareció querer responderle. Una neblina espesa cubría aún las márgenes del río y flotaba sobre las aguas como vahos que danzaban, deshaciéndose poco a poco en extrañas formas.
Se metieron por el arroyo y, con una tacuara, midieron la profundidad antes de saltar a la orilla barrosa. El agua les llegaría hasta las rodillas. Siguieron un trecho más y pudieron acercarse lo suficiente. Saltaron a la orilla casi sin mojarse las botas.
—Andar por el monte con las botas mojadas, eso sí que no —pensó Bernabé.
Por suerte, las altas botas que había heredado de su tiempo en Gendarmería Nacional lo protegían bastante bien.
Se internaron en el monte por una picada estrecha. Poilo iba por delante, machete en mano, abriendo camino.
Tras una media hora de caminata, encontraron el sobrado. Una botella invertida, tapada con un corcho y colgada de una rama baja. En la tierra removida por los rastros de los animales brillaba la sal gruesa desparramada. Bernabé se agachó y tocó la sal, todavía fresca.
Comenzaron a mirar hacia arriba de los árboles. Había una buena cantidad de palo rosa y varios palmitos crecían debajo de ellos a gran altura.
Por fin, en una horqueta oculta a varios metros, dieron con la “espera”. Una tarima de troncos desde la cual los furtivos acechaban a los animales y les disparaban a mansalva.
—Hijos de puta estos brasileños —tiró Poilo—. No respetan nada.
—Mirá que los dos que agarramos la semana pasada eran bien argentinos —le respondió Bernabé.
Era verdad, a la hora de cazar no había nacionalidad. El vicio se había expandido en las dos orillas y, a veces, hasta el mismo vecino de Puerto Iguazú entraba al parque a cazar algún venado. Pero los más dañinos venían del Brasil.
Esos mataban los animales más grandes. Antas, venados y hasta yaguaretés se habían llevado con sus crías. Ya eran cada vez menos los que se veían bajando a las orillas.
Bernabé recordaba su primer encuentro cara a cara con un yaguareté, hacía pocos meses. Estaba patrullando una zona cercana al arroyo Yacuí, donde habían dado aviso de gente talando sin permiso. Había caminado toda la mañana sin encontrar nada y ya estaba regresando cuando, en un cañadón, escuchó el bramido inconfundible del yaguareté. Se le erizaron los pelos de la nuca.
Se llevó la mano a la cintura en un acto reflejo y se quedó quieto. Sabía de memoria qué era lo que no debía hacer. El animal lo miraba fijamente, parcialmente acorralado por su aparición repentina. Retrocedió lentamente, abriendo los brazos. Bernabé lo miraba un poco de lado, sin desafiarlo.
Cuando hubo colocado unos veinte metros entre él y el animal, dio con su garganta un sonido fuerte y áspero. Como un animal que intenta hacerse respetar. La bestia lo miró unos instantes y, de un salto, se perdió entre las piedras.
De pronto, Poilo le hizo una seña inconfundible y lo volvió al presente.
Con una mano sobre la otra le indicaba que se detuviera, que había oído algo más abajo. Agustín venía detrás con el Máuser, mientras ellos dos iban delante. El sonido parecía provenir del río; era el inconfundible batir de remos en el agua.
Bernabé se adelantó y comenzó a bajar por una picada abrupta de piedra gris. El rocío de la mañana hacía el descenso peligroso. Una vez abajo, enfilaron hacia el río.
Detrás de unos árboles, vio Bernabé la primera silueta escondiéndose entre las matas.
—Esse silêncio não me agrada muito —dijo el cazador barbudo mientras caminaban buscando el trillo que habían abierto el día anterior.
—¡Vamos para lá, Miguel! —indicó el otro—. Se tiver dado certo, hoje a gente volta com carne…
El barbudo, que era quien llevaba la escopeta, no respondió. Miraba la orilla como si quisiera volver tras sus pasos. Pero ahí estaba el trillo. Apareció ante sus ojos como si se hubiera materializado en ese instante. No debían ser más de cincuenta metros hasta el lugar donde habían hecho la espera.
A lo lejos se oyó el canto de un pájaro.
—¡Pare! ¡Largue a espingarda! —gritó Bernabé en portugués cuando vio al hombre ocultarse tras un árbol.
—¡Eu já baixei! —respondió el barbudo, también en portugués.
El guardaparque parecía decidido; la voz no le temblaba. Él no iba a permitir que lo llevaran detenido. Qué se creían estos que ahora venían a impartir la ley. Si el monte no tenía dueño y los animales sobraban.
—Já estávamos saindo… —murmuró el barbudo entre dientes para ganar tiempo, pero dentro suyo ningún nervio ni músculo dio la orden de bajar la escopeta de doble caño, al final de la cual se dibujaba la silueta del guardaparque.
Era un muchacho alto y de tez morena. Le había dado la voz de alto en portugués, lo que le había hecho dudar. Pero no, eran argentinos.
Y él estaba allí sin permiso, cazando con su compadre. Sabía que lo llevarían detenido y tendría que pagar para salir más de lo que ganaba en un mes. El dedo tocó el gatillo antes de que la idea terminara de formarse.
El disparo quebró la quietud de la mañana.
Un estallido seco y los perdigones salieron entre una cortina de humo. Las aves levantaron vuelo como si la selva misma hubiera exhalado de golpe. El olor a pólvora quedó flotando en el aire, mezclado con el fuerte aroma a monte virgen.
Bernabé dio medio paso atrás y cayó al barro. La Colt quedó intacta en su funda. El uniforme verde se llenó de pronto de pequeñas manchas de color oscuro. Un enjambre de pequeñas avispas parecía habérsele clavado en la carne.
No tuvo miedo. Pensó en Margarita tirándole de los pantalones.
—¡Papá, no te vayas! —le había dicho…
Agustín Sosa levantó su fusil y comenzó a disparar, pero ya era tarde. Los cazadores se habían perdido entre el follaje espeso. Los siguió hasta el río y les descargó toda la recámara mientras los veía alejarse remando furiosamente hacia el Brasil.
Cuando volvió, encontró a Poilo tomándose la cabeza y girando de un lado para otro.
—Tranquilizate, che —le dijo para poner un poco de orden a la situación—. Fijate si le dieron.
Se arrodillaron junto a Bernabé y confirmaron lo peor. Su camisa estaba desgarrada en varios sitios por lo que parecían ser perdigones de escopeta.
—Tengan cuidado, que estos hijos de puta le ponen plomo a los cartuchos —les había dicho el jefe antes de salir.
Y ahí lo tenían ahora a su compañero, desangrándose por decenas de pequeños agujeros rojos que iban aumentando de tamaño.
Un rayo de sol se coló entre la copa de los árboles e iluminó por un instante al grupo, para luego cerrarse nuevamente, como si la luz tuviera vedado el paso hacia el suelo.
Solo allá arriba, las ramas dibujaban un extraño laberinto. Un mapa donde pequeños puntos luminosos iban creando hermosas figuras.
Entre ellas, Bernabé, tendido boca arriba, creyó ver la silueta del yaguareté.
—No corran —dijo con un hilo de voz—. Dejen nomás que venga, hace rato que lo espero.
Sus compañeros lo miraron extrañados. Bernabé continuaba con la vista clavada en la copa de los árboles.
Lo alzaron entre los dos y se dieron cuenta de que pesaba más de lo que esperaban. La sangre tibia se mezclaba con el barro rojo mientras iban a los tumbos por la picada angosta.
Intentaron comunicarse por radio. Nada, solo estática. Estaban a más de una hora del puerto de embarque de Cataratas.
Lo acomodaron en la canoa y se miraron un instante. La mañana recién estaba dando sus primeros bostezos y un silencio de muerte se les vino encima. El día comenzaba a clarear y el sol despuntó detrás del monte, transformando el río en un espejo donde se reflejaba la silueta de los dos hombres de pie frente a su compañero herido.
—¡Hijos de puta! —atinó a decir Poilo, mientras aceleraba a fondo el pequeño motor fuera de borda hacia las cataratas.
En el fondo de la canoa yacía Bernabé Méndez, con los ojos fijos en el cielo.
Fin.
Nota del autor:
Bernabé Méndez fue un guardaparque nacional argentino que se convirtió en un símbolo de la protección ambiental tras ser asesinado por cazadores furtivos en 1968. En su honor, uno de los saltos más destacados de las Cataratas del Iguazú lleva su nombre.
El autor:

Luis Alberto Acuña es un escritor nacido en la provincia de Misiones.
Autor de Las aventuras de Timbó, novela juvenil ambientada en la selva misionera, transita en sus relatos las fronteras entre historia, mito y ficción, con especial interés por la memoria de Misiones, la cultura guaraní y el vínculo profundo entre el hombre y la naturaleza.
En narrativa ha incursionado con cuentos de contenido histórico y fantástico.
Ganó el primer premio en los juegos de otoño 2026 en narrativa organizados por Sade Tres de Febrero.
Publica su poesia a traves de su blog personal https://lanavedelpoeta.wordpress.com/ y es creador y editor de la Revista Literaria Ítaca.
Conduce junto a Daniel Petasne el programa de streaming El loco que lee todos los jueves a las 18:30 desde la Asociacion de Fomento de Villa Devoto.
Es miembro de Sade San Martin ,Pcia. de Buenos Aires y Sade Filial Misiones.



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