Un cuento de Luis Alberto Acuña.

—Vamos al monte, Karaí —le dijo Boris a su perro, y este lo miró con las orejas alertas un instante antes de saltar como un resorte. La lluvia había cesado y la tierra comenzaba ya a levantar vahos de vapor que pronto transformarían el incipiente barro en costras de tierra roja.

Pasó cerca del pozo de agua y arrojó el balde, no sin antes detener con la palma de su mano la bajada vertiginosa del rollete. La camisa se le había pegado a la espalda por el sudor y, con el esfuerzo, se le rasgó en uno de los costados.

—¡Aña Memby! —gritó Boris—. ¡Mi última camisa!

Arrojó el balde sobre las tablas y, agarrando su machete y su hacha, enfiló para el monte. La picada se veía a lo lejos, mojada y reluciente como un útero salvaje.

—Más le vale que el compadre tenga razón —pensó antes de cortar la primera rama que se le interpuso en el camino.

Había estado buscando ese horcón para el yugo hacía varios días y no encontraba ninguna madera que le satisficiera.

—Todas maderas blandas, la puta madre… —le había dicho a su compadre ayer, y este le había respondido:

—Allá en donde el arroyo empieza a formar los saltos, sobre la orilla, del otro lado vi un hermoso alecrín. La mejor madera para tu canga.

Canga, le decía Rubén a ese tronco labrado a hachazos que sobre la cerviz de los bueyes tira de casi todo lo que se le ponga detrás, llámese una carreta o un arado.

Y hacia allá se dirigió Boris, con su camisa rota y su machete reluciendo de humedad y espesura. Era hijo de polacos, como muchos en Misiones, y su pelo rubio y sus ojos celestes contrastaban con el paisaje.

La lluvia había cesado, pero el monte era un tembladeral de gotas sobre los millones de hojas que descargaban una catarata de agua al mínimo roce.

El perro iba por delante, una bola de pelos mojada y hedionda que hurgaba entre los troncos caídos, entraba en cada resquicio, en cada sendero, para salir de nuevo más adelante y detenerse alerta, esperando a Boris.

Este, con el pantalón arremangado y las alpargatas que dejaban ver varios dedos del pie derecho, iba despacio, mascando un trozo de tabaco negro que sacó de una bolsa que guardaba en el bolsillo de su camisa. La costumbre le había quedado de cuando trabajaba en el obraje. Un paraguayo que se había tomado el mismo ferry se lo había convidado casi como una broma.

Al principio le pareció una sensación demasiado fuerte, picante y de un olor intenso, y estuvo a punto de escupir y rechazar el convite. Pero al final se dio cuenta de que ese líquido negro y de sabor áspero le calmaba los nervios.

Escupió con fuerza. Ya casi llegaba al arroyo.

Pensó que hacía meses que tenía que haber cangado esos bueyes. Vaya a saber ahora lo que le iba a costar amansarlos. Sobre todo al Mbariguí, como había bautizado al más recalcitrante de los dos.

Conocía el monte como la palma de su mano y esquivaba sin dudar las ortigas que crecían a la vera del arroyo, que, caudaloso por las lluvias, corría desenfrenado.

—La pucha, está crecido —protestó.

Caminó por el borde del arroyo buscando la restinga, el lugar por el que siempre cruzaba. Las piedras habían desaparecido bajo la corriente barrosa y espumante. Pero él sabía que estaban allí abajo, en alguna parte.

De lejos vio el alecrín, que parecía estar esperándolo.

—Tenía razón ese viejo infeliz —dijo para sus adentros—. Cuando vuelva le voy a llevar un vino de los que a él le gusta.

Miró el arroyo y dudó un instante. ¿Cuánto estaría de profundo? ¿Por las rodillas, quizá? No iba a volverse ahora. Por lo menos iba a echar abajo el alecrín y dejarlo listo para sacarlo de ahí al día siguiente, cuando bajara el agua.

Vio que Karaí lo miraba desconfiado, pero igual se metió al agua, que corría con fuerza.

—No es para tanto —dijo, y comenzó a cruzar el vado crecido.

Cuando llegó al medio, ya tenía el agua en la cintura. Hacía equilibrio, intentando afirmarse con sus dos piernas sobre las piedras. Karaí corría por el borde del arroyo, nervioso. Boris llevaba en una de sus manos el hacha y con la otra intentaba balancear su peso para no caer.

—Todo por una canga del carajo —se dijo cuando, tras unos metros, el agua estuvo a punto de tumbarlo—. Dos metros, un metro… ya casi…

Se agarró de unas ramas de pitanga que caían sobre el agua y, casi sin aliento, logró trepar el barranco. Estaba mojado hasta las verijas.

Se quitó la camisa y el pantalón y comenzó a escurrirlos. Volvería por otro camino, se dijo, aunque tuviera que caminar media hora más.

Mientras sus ropas se secaban al sol, que comenzaba a levantar un vapor caliente, y el olor a madera mojada se hacía cada vez más penetrante, agarró el hacha y se acercó al alecrín.

El primer hachazo rebotó en el tronco duro e hizo saltar una lonja de corteza, dejando al descubierto la veta roja de la madera.

—Tendría que haber traído la motosierra —volvió a rezongar.

Su perro comenzó a ladrar en la otra orilla.

Comenzó a dar golpe tras golpe al tronco hasta abrir un surco profundo del cual comenzó a manar una savia roja como la sangre. El árbol no debía tener más de veinte centímetros de diámetro, pero eso era suficiente para que incluso alguien como Boris tuviera que poner todos sus músculos y nervios en acción para derribarlo.

—Un alecrín es cosa seria —se dijo para sus adentros.

El hacha subía y bajaba reluciente y acompasada. No en vano, allá en el Alto Paraná, en su época de obraje, lo habían apodado Picapaú.

Un hachazo más y el alecrín seguramente caería para el lado del arroyo.

Si queda atravesado, mejor, se dijo. Así se ahorraba media hora de caminata.

Tal como había pensado, el alecrín cayó hacia el arroyo, espantando a Karaí que, de un salto, se puso a resguardo y quedó atravesado sobre la corriente.

Comenzó a llover nuevamente.

—Este tiempo de mierda —protestó, casi resignado.

La ropa no se había llegado a secar, aunque ya estaba recibiendo las primeras gotas de la nueva lluvia.

Se vistió de prisa. Si se apuraba, estaría en casa para tomar unos mates con la patrona.

Tanteó el tronco caído con sus alpargatas barrosas y decidió descalzarse. Cinco pasos lo separaban del trillo angosto que lo llevaría de vuelta a su casa, donde la cocina a leña recientemente comprada debía estar tirando ya el humo blanco sobre el monte.

Se subió de un salto. Después de todo, cuarenta y cinco años no eran nada y el trabajo pesado lo había mantenido en forma. El tronco del alecrín tenía amplias manchas de verdín y musgo.

Arrojó el hacha con fuerza a la otra orilla. La buscaría al llegar.

Con la otra mano sostuvo el machete y comenzó a cruzar. Escuchó un tiro a lo lejos. Debía ser su compadre tirándoles a algunas torcazas. La bandada de palomas pasó rauda sobre el monte y Boris levantó la vista.

Su pie pisó el verdín resbaloso en una de las ramas y perdió el equilibrio. Karaí ladró.

En un resplandor de metal y cabellos rubios, el cuerpo de Boris se desplomó sobre una de las ramas más fuertes del alecrín. El machete brilló bajo su cuerpo un instante y luego se perdió entre las hojas.

Miró las aguas marrones corriendo desenfrenadas hacia las piedras y se dejó caer al agua casi sin oponer resistencia. Una mancha roja se dibujó un instante sobre el agua para luego desaparecer ante la correntada cada vez más furiosa.

Dos horas más tarde, Karaí volvía por la picada, esta vez sin detenerse, con el olor a sangre de su dueño aún fresco en la memoria.

Fin.

El autor:

Luis Alberto Acuña es un escritor nacido en la provincia de Misiones.

Autor de Las aventuras de Timbó, novela juvenil ambientada en la selva misionera, transita en sus relatos las fronteras entre historia, mito y ficción, con especial interés por la memoria de Misiones, la cultura guaraní y el vínculo profundo entre el hombre y la naturaleza.

En narrativa ha incursionado con cuentos de contenido histórico y fantástico.

Asimismo ha publicado poesia difundida a traves del su blog personal lanavedelpoeta.wordpress.com y es creador y editor de la Revista Literaria Ítaca.

Es miembro de Sade San Martin ,Pcia. de Buenos Aires y Sade Filial Misiones.

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