
Un cuento de Ernesto Rogines.
Gris. La mano gris de Lidia flota sobre la superficie pulida del espejo gris. El espejo gris replica todos los tonos de gris de la habitación y la cara gris de Lidia. Su pelo también es gris. Con un movimiento increíblemente gris, gira su cuerpo y va hasta la puerta. La puerta gris. A su frente está el ancho pasillo que comunica a las habitaciones de la casa. Una pequeña mesita de tres patas sostiene un florerito con una flor tristísimamente gris. En el suelo, una muñeca Mafalda de vestidito gris no llega a sonreír con su boquita recta y apretada.
Lidia avanza un poco y, bajo la puerta de la pieza de Leticia, se asoma, desfachatada, una luz celeste. Lidia sabe lo que eso significa. Su hija está escribiendo poesías.
Abre despacio la puerta de la pieza de su hija y el espectáculo es asombroso… e inquietante. Leticia, sentada en un alto taburete gris, se inclina sobre la mesa y escribe… escribe poesías… Paredes grises, cielorraso gris, cortinas grises y grises todas las muñecas. Pero ahora Leticia escribe y, de la conjunción del lápiz y el papel, chorrean danzantes hilillos de colores que manchan la mesa, gotean por las rodillas de Leticia, se deslizan por sus piernas en bullicioso silencio y van tiñendo la alfombra. Lidia sabe que en un momento más los colores comenzarán a subir por las paredes, a ganar las ventanas… y saldrán.
Lidia se acerca a su hija, que no solo escribe, sino que también canta… y sonríe.
—Mi amor —le dice—. Vos sabés que esto no puede seguir.
La niña deja la escritura, y los colores que hasta hace un rato danzaban alegres, ahora que se detienen, empiezan a evanescerse… tristes… lentos.
—Ya sé, má, pero es que a veces no lo puedo evitar.
—Te entiendo. Andá a mirar televisión —y sale de la habitación.
Leticia la alcanza en el pasillo y le dice con ojitos grises de tristeza:
—Má, quiero ser sicóloga.
Una sombra gris, gris oscuro, veló la mirada de Lidia. Quizás fueran sus fantasmas o quizás la inadmisible subjetividad del relator, pero enseguida se recobró… y sonrió. Fue una sonrisa musical, musical y cromática. Sonrió en Fa, en Fa rosa bermellón.
Tomó la mano de Leticia y la llevó otra vez al taburete, le puso el lápiz en la mano y, mientras seguía sonriendo en Fa rosa bermellón, la niña retomó su cuento.
De la punta del lápiz apareció, tímido, un amarillo que miró para todas partes, goteó la hoja, se esparció y notó que atrás venía un celeste asustadizo, pero cansado del encierro. Leticia escribía y escribía y los colores se arremolinaban en sus manos, en sus brazos. Un magenta y un salmón fueron los primeros en llegar a la pared de la ventana. El ascenso no fue dificultoso y se encuentran con que la ventana estaba abierta. Hacia afuera se veía el gris del jardín, con flores y hojas y árboles grises. Más allá, la calle gris por donde circulaban grises autos. Enfrente, las grises casas de los grises vecinos.
Y los colores bajaron al jardín y treparon los árboles.
Ya vemos gusanitos multicolores, cascarudos verde lima, los colibríes recobran los colores perdidos. Hay palomas turquesa con alas fucsia. Gorriones de antifaz azul. Aparece la tortuga Manuelita con su traje de malaquita, granate, amarillo y verde.
Los colores van ganando las calles y, a su paso, se endulza el aire. A su paso, tiñen al viento que se desfleca en el barrio a puro colorazo. Ya llegan al jardín de las casas de enfrente, se trepan por las paredes hasta las ventanas y van entrando a las casas de los vecinos.
Ahora Lidia sabe qué pasará.
De una ventana con las celosías todavía grises, se asoma una señora que hace gestos amenazantes con la mano y algo les grita. Lidia, que todavía tiene el corazón sonriendo en Fa rosa bermellón, no la oye, pero entiende lo que dice.
De un balconcito de la casa de al lado, un señor con saco gris cruzado se bambolea con los puños en la cintura y enseguida levanta una de sus manos y sacude el dedo índice mientras profiere alguna queja.
Un muchacho joven, de tupida barba negra, revolea su mano amenazante, gritando que el insensato colorinche no lo deja terminar su proclama.
Más allá se asoma enojado un hombre viejo, más allá se asoma enojada una mujer vieja, más allá un hombre se queja porque todos se quejan.
Lidia, que estaba en el jardín, le dice a Leticia que se detenga, que deje de escribir.
Y se dispone a llamar a los colores. Entonces canta. Canta Charly.
—Nace una flor…
Los animales multicolores y los colores mismos se detienen donde estaban. Incluso algunos quedan suspendidos en el aire.
—Todos los días sale el sol…
Los gorriones, las palomas, los colibríes, los cabecitas negras de cabeza dorada, los cardenales, las calandrias, los benteveos. Todos llenos de colores, giran la cabeza buscando a Lidia.
—De vez en cuando escuchás aquella voz…
Las aves, los gusanitos, los cascarudos, la tortuga Manuelita, los pétalos de alegría… todos… todos… se repliegan y comienzan a difuminarse sus brillos.
—Como de pan, gustosa de cantar…
Todos los colores, en vergonzosa retirada, dejan solo gris a su paso. La hermosa caléndula que sonreía naranja queda mustia… y gris.
—Por los aleros de la mente con las chicharras…
El llamado de Lidia funcionó. En un momento más veremos a todos los colores replegados, trepar el escritorio de Leticia. Los veremos entrar, ya grises, en el lápiz acostado y mudo de la niña.
Leticia, gris y desolada, mira por la ventana.
Lidia, doliéndole en el corazón el dolor de su hija, se le acerca y le dice:
—Mi amor… mañana pintarás la casa y al día siguiente, entre las dos, pintaremos el barrio.
Fin.
El autor:

Ernesto Rogines
Nacido a mediados del siglo XX en San Martín, donde reside.
Ganador de dos premios internacionales de microficción, participó en antologías de Argentina, México y España, y en prestigiosos concursos como Orolas, de Madrid; Microterrores, de Barcelona; y el Mundial de Escritores.
Integró antologías de Cilsam y SADE San Martín. Publicó dos cuentos infantiles y, en 2021, publicó su primer libro, La casa de la calle Lafayette.
Fue presidente del Círculo Literario de San Martín y, en 2024, fundó SADE San Martín, institución de la que fue presidente hasta 2026.


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