Hacía mucho calor y la siguiente parada programada estaba a más de 200 km. Decidieron buscar bebida fresca en la próxima estación de servicio. Cuando vieron una a orillas de la ruta estacionaron el auto en la sombra de los árboles de la plaza de enfrente. Estiraron los pies, y se sentaron en el banco que estaba al costado de una extraña estatua de un perro.
Entonces un pibe en bicicleta, se dio cuenta que los viajeros observaban extrañados el monumento de bronce en tamaño real, junto a ellos. Y se acercó. «Veo que te ha llamado la atención nuestra estatua,» le hablo al niño, que estaba comiendo un helado de palito. Y movió su cabeza para hacer contacto visual con el padre. Este le devolvió un gesto de aprobación y el pueblerino prosiguió: «Déjame contarte la historia del viejo Pablo y Callejero. Hace muchos años, Pablo vivía por aquí cerca, era empleado de la estación de servicio. Un día, cuando ya estaba jubilado perdió a su esposa. Ellos no habían tenido hijos. Y desde entonces se convirtió en un hombre solitario. Sus días eran grises y monótonos, y la tristeza se había apoderado de su vida. Y a pesar de que este es un pueblo chico, en donde todos nos conocemos y que Pablo fue el más antiguo de los empleados de aquí, casi nadie presto atención en la rutina del viejo, que para seguir dándole sentido a los días, cada tarde, a hora de la siesta, salía de su casa y venía a la estación a saludar a los ex compañeros y comprar un alfajor. Sentarse en este banco, y quedarse algunos minutos a ver pasar los autos por la ruta, hasta acabar el alfajor, que comía despacio. Y luego de un rato, de levantarse e irse caminando, sin prisa, hasta su casa. Así pasaban sus días, sin diferenciar entre domingo o cualquier otro”.
“¿Y nadie se dio cuenta que el hombre estaba triste?” Preguntó el niño, que estaba empatizando con la historia.
“Si, Hubo alguien que se dio cuenta, pero no fue una persona” Le respondió el muchacho de la bicicleta. “Fue el perro de la estación de servicios. Bah, en realidad no era de nadie, ni de allí, y a su vez era de todos. Callejero le decían quienes le daban de comer y lo cuidaban. Los domingos visitaba al cura. Iba donde la gente y sabía que era un día importante porque todos vestían de traje. Esperaba en la puerta y a la salida jugaba con los niños y saludaba al cura, que al igual que con las personas, también le dedicaba unos minutos, tratando al perro como a un miembro más de la comunidad”.
El padre del niño. Que también estaba comiendo un helado, escuchaba con la misma atención la historia.
«Aquel mestizo, libre, que no era propiedad de nadie y todos lo sentían suyo, se dio cuenta de la tristeza de Pablo, y astuto se fue acercado de apoco, cada día hasta generar confianza. Cada vez que llegaba a la estación y compraba, callejero iba con él hasta este banco y le hacía compañía mientras se quedaba. Luego Pablo se marchaba y el perro volvía a su rutina. Con el tiempo, el viejo fue de a poco abandonando su tristeza y convidándole alguna golosina que cada día variaba, para encontrar la preferencia del animal. Pero un día gris, de invierno, la lluvia los empapó a los dos, y cambió todo. Pablo no se quiso ir cuando empezó a llover. Y callejero tampoco quiso abandonarlo. Pero la lluvia empeoró y Pablo le hizo gestos al perro para que lo siguiera. Esa noche la pasó calentito en casa del anciano. Se quedó varios días más. Hasta que finalmente ambos entendieron que callejero era de todos lados y de ningún lado, y que quería seguir siendo libre. Pero desde entonces, en vez de pasar un rato en la plaza, juntos, el perro al llegar el horario de la siesta iba a buscar al viejo a la puerta de su casa y lo escoltaba ida y vuelta hasta este banco y se hacían compañía mutua. De vez en cuando, los días de lluvia y frio intenso en invierno, entraba al hogar de Pablo, pero cuando amainaba el tiempo, volvía a la calle”.
“¿Y qué le pasó al perro?” Preguntó el padre del niño.
“Al perro nada. Sucedió que un día Pablo no salió y callejero, luego de esperar varias horas, se fue. Pero al otro día tampoco y así hasta que al cuarto día, callejero comenzó a ladrar en la puerta llamando la atención de todos. Primero llegó un patrullero, los policías entraron y llamaron a la ambulancia. El perro vio cómo se llevaron a Pablo en una camilla y jamás volvió. Callejero hizo guardia en el estacionamiento del hospital, varias semanas. Y sorpresivamente un día, como si se hubiese dado por vencido o asumido la realidad, comenzó a hacer la misma rutina del viejo, a la misma hora y durante el mismo tiempo, como si estuviese honrando el ritual”
“Y como se dieron cuenta los vecinos, que ni si quiera notaron la tristeza del señor cuando estaba vivo” Preguntó el astuto niño.
“Bueno, resulta que los que notaron ese comportamiento extraño fueron los nuevos habitantes de la casa, cuando preguntaron de quién era el perro. Y entonces los empleados de la estación comprendieron que quería el perro cada tarde cuando se acercaba al mostrador. El encargado del horario de la siesta comenzó a darle el mismo alfajor que compraba Pablo, se lo desenvolvían y callejero se lo llevaba en el hocico hasta aquí. Recién entonces se sentaba junto al banco vacío y comenzaba a comerlo. Cuando lo terminaba, se quedaba un rato más observando los autos pasar y luego caminaba hacia la puerta de la casa que fue del viejo. Cuando caía el sol, callejero se marchaba hasta el otro día, y así pasaron las semanas, meses y años mientras el perro envejecía”
“¿Y cuando murió le hicieron el monumento?” Preguntó el niño y agregó “¿Porque Pablo no tiene su propia estatua también?
“Muy buena pregunta, y muy buena respuesta que encontraron los vecinos también, para no hacerla. Yo pregunte por ahí. Creía que como se dieron cuenta de la rutina del perro bastante tiempo después de la muerte de Pablo, no se les había ocurrido homenajear al viejo, pero no. Me dieron otra respuesta. Querían dejar el espacio en el banco para que alguien como vos pudiese sentarse en donde se sentaba Pablo, junto a la estatua de callejero, y alguien como yo se acercara a contar la historia. Y vaya que tuvieron razón. Aquí en San Javier no pasa nada, y no tenemos héroes de la independencia, ni ningún otro prócer que homenajear, por eso la única estatua que hay en este pueblo es la de callejero. Y es esa historia la que todos contamos a quienes paran un ratito y luego siguen de largo. Es la foto de la figura de bronce de callejero lo que les queda a los viajeros de la existencia de San Javier”
El niño tiró el palito del helado en el canasto, como le había enseñado el padre. Se volvió a sentar en el banco, extendió la mano acariciando la cabeza de la estatua y le pidió al padre que le sacase una foto con el celular. Luego se levantó, tomo de la mano a su padre, se despidió del muchacho de la bicicleta y siguieron rumbo a no sé cuál destino.

Inspirado en la canción “Callejero”, del álbum “Otras canciones”. Attaque 77. 1998. Autor: Alberto Cortez. Publicado
en el libro: ROCK ARG, Cuentos inspirados en canciones de rock nacional. Escritores con gatos. (2025)

El autor: Fernando Bustos Odzomek

San Martín. Buenos Aires. 1972. Periodista, divulgador, creador de contenidos y docente
universitario (UNSAM) en diplomaturas sobre Gestión de organizaciones de la Sociedad Civil, Economía Social y Cultura de la solidaridad. Columnista de la revista digital RED de ARTE Argentina y corresponsal de ALHUCEMA (España) Embajador Cultural de la Confederación Internacional del Libro, desde donde canaliza la participación de escritores en Ferias Virtuales Internacionales del Libro en más 30 paises.
Miembro de Elernautas y SADE filial San Martín. Gestor cultural, fundador y director de LEA (liga de escritores autogestivos) y del sello “escritores con gatos”. Autor de: Cuentos in correctos (cuentos) Dunken. 2023. Elizabeth, la niña blanca y el anchimallén (novela) Escritores con gatos. 2025. Rock Arg (cuentos) Escritores con gatos. 2025. Cuentos des bordados.
Dunken. 2026. Editor y co-autor de Antología de cuentos ATREVIDOS. Dunken. 2026 y
participante de más de 20 antologías desde 2016 hasta la actualidad.

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Una respuesta a «Ciudadano ilustre»

  1. Avatar de Fernando Bustos Odzomek
    Fernando Bustos Odzomek

    Gracias Luis por la generosidad de compartir este cuento. Escribir todo el libro fue un puente de nostalgia con mi adolescencia. Espero que las visitas hayan disfrutado la lectura como yo cuando lo escribí. (@fernando bustos odzomek)

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