En el monte, los árboles conversaban. Era algo muy común, sobre todo si alguien de su confianza les había regalado palabras para hablar con lenguaje humano. De no ser así, los árboles hablaban el idioma de los árboles, que poca gente comprende.

Hoy en día son pocos los que conocen el idioma de los árboles. Han dejado de importarles y se los tala sin piedad. Pero Vera Mirí los comprendía. Él se sentaba debajo del cedro centenario de la aldea y le hablaba. Preguntaba las cosas más diversas.

Había muchos árboles allí, creciendo desde antes de que nuestros abuelos llegaran al mundo.

Vera Mirí no era como esos que pasaban por debajo de los árboles sin mirarlos.

Había descubierto un lugar en el monte hacía muchos años, cuando, luego de una extensa caminata, se había sentado a descansar debajo de un añoso cedro.

Allí, en la quietud de la siesta, arrullado por el rumor del arroyo cercano, Vera Mirí oyó las primeras palabras.

La primera vez que Vera Mirí lo escuchó, el cedro le hablaba a un pequeño pájaro que vivía entre sus ramas. Le cantaba a los pichones una canción que hablaba de un tiempo en que los árboles caminaban la tierra. Hasta que un día decidieron plantar raíces y sorber con ellas la sabiduría del mundo.

En la quietud de las noches y los días, los árboles fueron meditando el pasado y el futuro, fueron interrogando al sol y a la luna. De lo profundo de la tierra, extrajeron antiguas verdades que subían lentamente por sus troncos y creaban hermosas flores y frutos.

Vera Mirí escuchaba con atención. Y así aprendió el idioma de los árboles. Cada flor y cada fruto tenían su propósito. Algunos eran para alimentar a los pájaros, otros para proporcionarles la materia de la cual las pequeñas abejas se servían para hacer miel.

En el otro extremo del monte, un gran Lapacho negro imponía su estatura. Era el preferido de los monos caí, que habían hecho de sus ramas su lugar predilecto.

A la izquierda de este, un esbelto Palo Rosa se levantaba con delicadeza entre los demás, altivo y sobrepasando a todos ellos en altura.

El Palo Rosa dialogaba con las aves de las alturas y cada año se nevaba su copa con pequeñas flores blancas como la cima de una alta montaña. Las águilas tenían allí su nido. Desde lejos lo divisaban como un faro y, haciendo grandes círculos, descendían hasta él.

El incienso milenario acaparaba toda la atención en el ángulo opuesto. En altura, no tenía nada que envidiarle al anterior, y ambos dialogaban en las alturas por encima de todo lo demás. Eran los colosos de la selva.

Un robusto Timbó completaba el cuadro, con su piel arrugada y sus grandes semillas como grandes orejas. El Timbó soltaba sus semillas al suelo y esperaba atento. Percibía los secretos de la selva desde hacía más de cinco siglos.

Había escuchado las pisadas de los primeros hombres y se regocijó cuando vio que sus pies estaban hechos de barro. Eran como vasijas sonoras, que lloraban y reían, y lo profundo de la selva se pobló de pronto de antiguos cantos sagrados.

Los niños jugaban en el arroyo y los hombres caminaban entre los árboles, se trepaban a ellos para recoger la dulce miel o cortar pequeñas ramas para sus arcos. Pero lo que más agradaba a los árboles era que los hombres, antes de cortar una rama, siempre pedían permiso.

Y el cedro, el Timbó y el Lapacho daban su consentimiento para que esas pequeñas manos llevasen consigo algo de sí. Habían visto volver luego a sus ramas convertidas en pequeños utensilios y artilugios sonoros. Los instrumentos sonaban en la selva como la voz de mil aves, y los árboles se sentían parte de la alegría que la música había traído a la aldea.

Pero un año, el Timbó arrojó sus orejas al suelo y oyó extraños ruidos. La tierra vibraba con un sonido ronco y desabrido. Los pájaros comenzaron a volar inquietos. Los monos huyeron.

Los árboles mandaron a llamar a Vera Mirí con urgencia. El encargado de buscarlo fue el águila que tenía su nido en lo alto del Palo Rosa. El águila conocía ambos idiomas, el humano y el arbóreo, y con su vista poderosa podía encontrar rápidamente lo que quisiera.

El águila voló a la aldea en busca de Vera Mirí, que estaba ocupado enseñándole a los niños a leer y escribir. Era algo que se había propuesto para que los jóvenes pudieran leer aquello que, en su propia lengua, debía ser preservado.

Siempre habían confiado en la palabra. Y esta se había transmitido de padres a hijos a través de muchas generaciones. Pero los tiempos estaban trayendo nuevas dificultades y muchos jóvenes comenzaban a escuchar voces extrañas.

Por eso era necesario que la voz de los ancianos circulara escrita en pequeños cuentos, donde los niños pudieran ver reflejada su verdadera identidad.

Vera Mirí vio al águila volando en círculos de manera insistente. Iba y venía trazando símbolos en el aire, como dibujos en el cielo.

Extrañado, dejó lo que estaba haciendo, tomó su arco y sus flechas y comenzó a seguir el vuelo del águila entre las copas de los árboles.

El águila lo llevó muy lejos, hasta donde él recordaba que vivían el Cedro, el Timbó y el Palo Rosa. Hacía varios meses que no había bajado hasta allí y se sorprendió al escuchar el sonido más temido.

Ese sonido no era ni el del yaguareté ni el de la cascabel.

Era el sonido del hombre buscando maderas. El ruido estridente de las sierras, el golpear de los motores y los malacates levantando los rollos.

Cuando llegó, los árboles le hablaron.

—Algo sucede en el oeste —le dijeron—. Hemos escuchado extraños ruidos que no cesan. Ve tú, que tienes los pies ligeros, y cuéntanos qué pasa.

El pequeño Mbyá salió disparado en la dirección que los árboles le indicaban. Corrió hasta el lugar de donde provenía el ruido ensordecedor y vio, agachado entre las ramas, cómo una gran escuadra de máquinas y hombres avanzaba por el monte, derribando todo a su paso.

Los árboles caían uno tras otro. Y no tardarían en llegar al sitio donde hacía siglos se elevaba el gran Palo Rosa, custodiando la selva.

Vera Mirí reconoció entre los troncos ya caídos a viejos amigos suyos. Allí estaba el incienso, que lo había cobijado de una gran tormenta. Estaban también varios lapachos y, entre ellos, acostado e inundando aún con el aroma de su madera todo el amplio círculo, un gran cedro centenario.

El esbelto Palo Rosa aún se erguía, gallardo, a escasos metros. Él sabía que el hombre blanco codiciaba esa madera sobre todas las demás.

Salió de entre los árboles y tensó su arco en dirección a los hombres. Estos miraron la escena, sorprendidos primero, burlonamente después. Volvieron a tomar sus motosierras y uno de ellos sacó un arma que llevaba a la cintura.

Con ella apuntó hacia el cielo e hizo cinco disparos que resonaron en medio del monte.

El hombre bajó el caño de su arma y apuntó directo a Vera Mirí. Cuando disparó, solo quedaba en el aire el contorno de una silueta. El indiecito se había esfumado tras las hojas.

Uno a uno fueron tirando abajo cada uno de los árboles más grandes.

Continuaron su tarea toda la tarde y, antes de llegar la puesta del sol, llegaron a los pies del gran Palo Rosa. Lo midieron y se palmearon las espaldas mutuamente. Parecían satisfechos del botín que estaban a punto de llevarse de allí.

Oculto entre las hojas, Vera Mirí observaba.

Cuando vio caer al gran Palo Rosa, sintió que una fibra dentro de él también se desgarraba y caía. Nada podía hacer. Quizá, si hubiera tenido tiempo, hubiera podido reunir a todos los hombres fuertes de la aldea y salvar al inmenso árbol. Pero no podía. Ya no había tiempo.

No lloró. Sus ojos parecían mirar más allá de la destrucción, hacia un sitio lejano.

Cuando cayó la noche y los hombres se retiraron, Vera Mirí salió de su escondite. No se habían podido llevar la madera y los troncos, aún rezumantes de olor, yacían en el claro. El sitio era un escenario de desolación, de muerte y ramas rotas.

Se acercó entre todos los troncos al centenario Palo Rosa. Sabía que ya quedaban pocos como él. Se agachó a su lado y, posando una mano en su tronco, le habló por última vez.

Pero no era una despedida.

Luego recorrió la extensa copa que yacía en el suelo, donde las hojas aún vivas permanecían brillantes en el silencio de la noche, reflejando la luz de la luna.

Hizo lo mismo con los otros cuatro árboles gigantes que habían caído esa tarde: el Lapacho, el cedro, el Timbó y el gran incienso.

Una vez hecho esto, Vera Mirí se internó en la noche y caminó hacia lo profundo de la selva. Caminó varias horas, pero no iba en dirección a la aldea.

Cuando llegó al amanecer a un lugar que parecía estar a cientos de kilómetros de todo lo humano, se detuvo. El sol comenzaba a despuntar sobre las altas copas.

Abrió el puño, que traía cerrado desde hacía varias horas.

En la palma de su mano brillaban cinco semillas.

Se inclinó hacia el suelo y, saludando al sol, plantó la primera de ellas.

Fin.

El autor:

Luis Alberto Acuña es un escritor nacido en la provincia de Misiones.

Autor de Las aventuras de Timbó, novela juvenil ambientada en la selva misionera, transita en sus relatos las fronteras entre historia, mito y ficción, con especial interés por la memoria de Misiones, la cultura guaraní y el vínculo profundo entre el hombre y la naturaleza.

En narrativa ha incursionado con cuentos de contenido histórico y fantástico.

Asimismo ha publicado poesia difundida a traves del su blog personal lanavedelpoeta.wordpress.com y es creador y editor de la revista literaria Ítaca.

Es miembro de Sade San Martin ,Pcia. de Buenos Aires y Sade Filial Misiones.

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