
Por aquel entonces las vacaciones de verano se circunscribían al patio de casa. Mi mamá colgaba las sábanas recién lavadas en la soga y yo me ponía debajo, como si fuera una carpa y así me refrescaba con la brisa de la mañana atravesando las sábanas mojadas y llenándome las fosas nasales del olor a jabón para lavar la ropa . Después de las siete de la tarde nos íbamos al parque Centenario, y nos mojábamos con la tenue llovizna que producía el agua de la fuente que está casi sobre la avenida Diaz Vélez. Cada tanto se sumaban a esa experiencia algunos amigos de la cuadra y para mí eso era lo mas cercano a la felicidad que conocía.
Pasaron muchos años para que mi madre y yo pudiéramos conocer el agua salada, las olas y la espuma. En mi barrio, el mar era apenas un rumor, una postal en blanco y negro que llegaba cada verano por la pantalla de Canal 13. A la hora de la siesta, mientras el calor nos aplastaba como una mano gigante, aparecían esos programas que se emitían desde Mar del Plata: móviles en la playa, concursos de baile, notas a turistas y artistas bronceados. Yo los miraba acostado en el piso, mientras las duras baldosas del comedor refrescaban mi espalda sin remera, muy cerca del ventilador, como si el aire tibio pudiera acercarme a ese mundo de espuma y sal.
Mi mamá se sentaba a mi lado, con su mate lavado, tarareando una canción del cantante Donald, que era la cortina musical de ese programa. Una de esas tórridas tardes de verano, frente a la tele, me di cuenta de que una lágrima desbarrancaba por su mejilla. Lloraba bajito, como si no quisiera que yo la escuchara. Pero la escuché. Y la vi. Le pregunté por qué lloraba. Y me dijo que a ella le encantaría conocer la playa… Y la entendí. Ella nunca había visto el mar. Nunca había salido de la ciudad. Su vida era un mar de camisas para planchar, de pantalones para remendar, de platos que lavar, de sueños que se alejaban como la línea del horizonte.
Ese verano, mientras los móviles mostraban a una multitud bailando al ritmo de las olas, me hice una promesa. Me la hice en silencio, como se hacen las promesas que importan: “Algún día, mamá. Algún día te voy a llevar al mar.”
Pasaron años. Muchos. La vida se encargó de poner obstáculos, como si quisiera probar qué tan firme era mi promesa. Trabajé en lo que pude: repartí volantes, vendí empanadas, hice fletes con la camioneta prestada de un amigo y llegué a tener un laburo fijo durante las vacaciones en la imprenta de los padres de un compañero de la primaria. Cada peso que ganaba tenía un destino: el mar. No para mí. Para ella.
Hasta que un día, lo logré. No sé cómo, pero lo logré. Una calurosa tarde de finales de enero fui hasta la terminal de ómnibus de Retiro y compré dos pasajes a Mar del Plata. Los guardé entre las páginas de un libro dentro de la mochila. Durante todo el viaje en subte hasta casa, me abracé a mi valioso equipaje. Nadie se dio cuenta de la alegría que sentía en ese momento, llevaba entre mis brazos una promesa cumplida, el inicio de un sueño por alcanzar.
Llegué a casa y noté que mamá había estado mirando una nueva y, para mí, aburrida versión del programa de verano desde el Torreón del Monje. Me di cuenta porque estaba el mate en la mesa y la tele, ahora en colores, encendida. Sin decir nada saqué los pasajes de su escondite, los puse sobre la mesa del comedor y me fui a mi dormitorio. Ella salió del baño, iba a saludarme y se quedó muda, escuché que se llevó por delante una silla del comedor, entro a mi cuarto llorando y me abrazó muy fuerte, tanto que sentí que mis huesos crujían.
La llevé en micro, con dos valijas y un termo. Cuando bajamos en la terminal de Mar del Plata, ella se quedó quieta, como si el aire salado le hubiera detenido el tiempo. Caminamos hasta la playa. Y cuando vio el mar, se quebró. Lloró como aquella vez frente a la tele, pero distinto. Esta vez era un llanto de alegría. Un llanto que lavaba años de espera.
Por fin el olor al mar, la textura del agua y la arena caliente nos llenaron el alma. Nos quedamos horas sentados en la playa. Ella no hablaba. Solo miraba. Yo tampoco decía nada. Me bastaba con verla ahí, con los pies hundidos en la arena, como si echara raíces en ese paisaje que siempre nos había sido ajeno.
Ese viaje fue el primero. Pero no el último.
Con el tiempo, pude comprarle un departamento frente al mar. Era chiquito, pero tenía lo esencial: una ventana enorme que daba a la playa. Cada mañana, ella se levantaba y abría las cortinas como quien abre un regalo. Me decía que el sonido de las olas le curaba las penas. Que el mar le hablaba en un idioma que siempre había entendido, aunque nunca lo hubiera escuchado. Se pasaba horas mirando por esa enorme ventana, de la misma manera que antes miraba la tele.
Mamá se fue a vivir a Mar del Plata, su lugar en el mundo. Yo la visitaba cada vez que mi trabajo como gerente de una empresa de transporte me lo permitía. Caminábamos por la rambla, nos reíamos de los turistas que se quemaban la espalda. Siempre comíamos rabas en el restaurante del muelle de pescadores mientras mirábamos y escuchábamos el mar, ahora en vivo y en directo. Era feliz. Ella también. Y eso bastaba.
Pero no todo dura para siempre. El 19 de marzo de 2020, por decreto presidencial, se dispuso el periodo de aislamiento social preventivo y obligatorio. Escuché la cadena nacional mientras estaba preparando la valija para viajar a Mar del Plata a visitar a mi vieja. La llamé por teléfono y le dije que acababan de declarar la cuarentena por el COVID, que no iba a poder viajar, que era una manera de proteger a la ciudadanía, sobre todo a las personas de riesgo como ella, por su edad.
Fueron muchísimas video llamadas, cumpleaños virtuales, día de la madre lejanos y muchas ganas de abrazarnos. Hasta que un día apareció la fiebre, el dolor en todo el cuerpo… el cansancio. Al principio yo intentaba tranquilizarla, que todo iba a pasar pronto y que ya íbamos a comer rabas juntos otra vez. Pero no… no pudimos hablar más. Primero vino la internación, después el esfuerzo para poder ingresar aire a los pulmones, el respirador…
Ya nunca más íbamos a caminar juntos por la playa con los pantalones arremangados hasta las rodillas y con las zapatillas en la mano… como a tantos otros, el COVID no nos dejó despedirnos.
Hoy volví a esta playa por primera desde que se terminó la pandemia. Acá todo sigue igual: el viento, la arena, la inmensidad del mar (que hoy parece más inmenso) y las olas que nunca cesaron su vaivén, casi como el tic tac de un reloj… casi como marcando el tiempo que pasa inexorablemente para las personas, pero no para ellas, que son incansables.
De repente en medio del viento y del frío aparece una figura humana, flaca, encorvada y con el pelo gris despeinado por la brisa del mar. Hace frío. Esa anciana se acerca hasta la orilla. Veo las huellas de mamá sobre la arena. La veo a ella caminando lento, con los pantalones subidos hasta la rodilla. Lleva algo entre sus manos, aunque no alcanzo a ver de qué se trata.
La veo llorar. Pero no como aquel lejano verano frente a la pantalla de la tele. Llora distinto. Llora con paz. Porque cumplí mi promesa. Porque el mar es su lugar en el mundo. Porque acá se va a quedar para siempre.
Mi madre y yo volvimos a estar juntos. Camina despacio. Se acerca al agua. La toca como acariciando al mar en toda su extensión. Y la espuma besa sus pies hasta los tobillos. Camina mar adentro, hasta que el agua le cubre las rodillas. Trastabilla varias veces por el embate de las olas.
Ahora puedo ver que entre sus manos lleva unja caja. Se seca las lágrimas. Murmura algo que alcanzo a escuchar y entonces me suelta… mis cenizas vuelan… se mezclan con el viento, con la sal, con la espuma. Ahora si pudimos despedirnos como nos merecíamos. Ahora soy parte del mar. Soy parte de su sueño… Y mientras ella se aleja, yo me quedo. Soy brisa. Soy agua… soy mar✒️
El autor.

Cristian Salas nació en Vicente López el 22 de agosto de 1972.
Durante sus estudios técnicos en la ENET N°25, Fray Luis Beltrán, se destacó en las clases de literatura.
Más tarde, profundizó en su pasión al estudiar Ciencias de la Comunicación en la UBA.
Formado como locutor en ETER, su carrera lo llevó a ser productor y conductor de diversos ciclos radiales y de streaming.
Publicó su primera novela «Petricor, el perfume de la memoria» en el 2024, en donde comparte el camino que recorrió para desentrañar las dudas sobre su verdadera identidad.
En 2025, ganó el segundo premio en el REGIONALITO DE ESCRITURA con un cuento corto.
Actualmente se encuentra en proceso de escritura de una novela histórica, que lleva como título «Soledad…»


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