En la selva, un nombre no es solamente una palabra: es el comienzo de un camino. Una noche, Vera Mirí recibe una señal y se interna en el monte siguiendo un llamado que solo él puede comprender…

EL NOMBRE

Vera Mirí (pequeño resplandor) bajó por el sendero con pies presurosos. Era de noche y el monte se cerraba tras de sí a cada paso. Él conocía el camino y podía oír todos los murmullos de la selva.

Sus pies descalzos pisaban la tierra húmeda y las hojas delineaban el camino bajo la tenue luz de la luna.

Llevaba su pipa y su mbaraká, como así también otros utensilios sagrados. Lo habían visto salir presuroso de la aldea hacia el este.

Cuando llegó al arroyo Ysirí, lo encontró crecido. Buscó en la oscuridad el único punto donde sabía que el impetuoso arroyo le daría paso. Después de buscar largo rato en la profunda oscuridad, lo encontró.

Tanteó las piedras con sus pies desnudos y, en el claro más allá de la restinga, divisó dos ojos centelleantes que lo observaban.

Vera Mirí se detuvo en seco. Sus ojitos vivaces chispearon en la oscuridad y extendió su mano hacia el arco que traía a sus espaldas. Sin embargo, antes de llegar siquiera a tomarlo, desistió.

Sabía que su misión era otra, y sabía también que nada en la selva escapaba a su destino. Lentamente, con el agua lamiéndole los pies, fue cruzando el vado y se perdió inmediatamente en la otra orilla. Había visto, a la luz de la luna, la silueta inconfundible del yaguareté y sabía bien que, de quererlo así, el animal podía cazarlo a su antojo.

Pero él también tenía sus secretos. Su silueta, pequeña y ágil, se movía entre los árboles como un rayo de luna. De pronto desaparecía para reaparecer luego más adelante, como si se hubiera corporizado por arte de magia.

El susurro de las hojas le iba hablando mientras se acercaba a su destino. A lo lejos, un pájaro se movió en su nido y Vera Mirí sonrió. Le gustaban los pájaros. Se comunicaba con ellos y varias veces le habían traído noticias de lugares lejanos. Le hablaban de lejanos desmontes, del fuego devorando la selva, de los animales huyendo.

Los nidos destruidos, con sus pichones. Las cuevas de los tatúes, convertidas en trampas sin salida. Los grandes árboles cayendo ante el estrépito de las hachas.

Se estaban llevando el monte. Pero él debía correr esa noche. Lo había presentido.

Esa tarde, cuando salió de su opy, vio caer el sol y en su disco creyó entrever el vuelo de un pájaro. El ave volaba y parecía llamarlo, así que había tomado sus cosas y salió, ya con la noche pisándole los talones.

El crujido de una rama a su derecha lo hizo detenerse. Esperó.

En el silencio, su respiración era un leve soplo de vida. Oyó pisadas, apenas perceptibles tras la muralla de hojas.

Vera Mirí cerró los ojos y dijo las palabras que solo él conocía. Las pisadas se alejaron y se perdieron a lo lejos.

Los dioses lo ayudaban. En la selva no mandaba el coraje ni el ruido. Mandaba el respeto y el silencio.

Apuró el paso y, dejando atrás los últimos árboles, enfiló hacia la cabaña que se dibujaba sobre el claro recientemente abierto en el monte.

Un hombre de tez morena y brazos fuertes salió a recibirlo. Se saludaron brevemente y entraron a la choza. Sobre una cama, una mujer sostenía en brazos a su hijo recién nacido.

Vera Mirí preparó su tabaco y encendió su pipa. Se sentó tranquilamente en la cabecera de la cama donde descansaba la madre con su hijo y comenzó a recitar una canción.

Durante horas, el pequeño chamán interrogó a Ñanderú para que le develara el secreto guardado.

El humo del tabaco inundaba toda la habitación y Vera Mirí soñaba despierto.

Soñó un sol que salía luego de una larga tormenta, rasgando las nubes.

El sol bañaba toda la selva con su resplandor e iluminaba las copas de los árboles más altos para luego besar el suelo, la tierra roja.

El sol quería jugar con las hojas, con los animales. Volar como los pájaros, nadar en los arroyos transparentes junto a los niños de la aldea. Quería ser parte de ese pequeño universo.

Vera Mirí interpretó el mensaje y, al día siguiente, el niño recibía su nombre.

Y podía, gracias a esa palabra, comenzar a andar su camino, allí, en la tierra sin mal.

El autor

Luis Alberto Acuña es un escritor nacido en la provincia de Misiones.

Autor de Las aventuras de Timbó, novela juvenil ambientada en la selva misionera, transita en sus relatos las fronteras entre historia, mito y ficción, con especial interés por la memoria de Misiones, la cultura guaraní y el vínculo profundo entre el hombre y la naturaleza.

En narrativa ha incursionado con cuentos de contenido histórico y fantástico.

Asimismo ha publicado poesia difundida a traves del su blog personal lanavedelpoeta.wordpress.com y es creador y editor de la revista literaria Ítaca.

Es miembro de Sade San Martin ,Pcia. de Buenos Aires y Sade Filial Misiones.

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